Andrew Gold: un tesoro oculto bajo la arena de California

Andrew Gold fue uno de los compositores más influyentes del sonido west coast de los setenta, figura imprescindible en la carrera de Linda Ronstadt

 

MARÍA F.CANET

Tenía el nombre del metal más preciado por apellido, sin embargo, Andrew Gold (California, 1951) no logró brillar como merecía. Siendo uno de los compositores más destacados del sonido Los Ángeles de los setenta, y a pesar de lograr un gran reconocimiento como músico de estudio y arreglista por parte de sus colegas de profesión, su carrera en solitario resulta una gran desconocida para gran parte del público.

Hijo de músicos —su madre, Marni Nixon, dobló entre otras las voces de Audrey Hepburn en My Fair Lady y de Natalie Wood en West Side Story, mientras que su padre, Ernest Gold, compuso la banda sonora de la película Exodus, por la que ganó un Oscar— el pequeño Andrew solía amanecer con el sonido del piano de su padre, que motivaba su interés por los instrumentos desde la infancia. Gold creció en un ambiente marcado por la música de corte clásico y la rectitud de la técnica, sin embargo, las clases de piano y guitarra que recibió no corrigieron su forma de tocar —de oído— ni saciaron su curiosidad por otros instrumentos como el bajo y la batería. Este alumno aventajado no había acabado sus estudios de bachillerato el día que conoció a Linda Ronstadt en un concierto que la de Arizona ofreció con su banda de entonces, The Stone Poneys, en el instituto del músico. La cantante quedó impresionada con la forma de tocar la guitarra de aquel joven; sus caminos no tardarían en volver a cruzarse.

Durante aquellos años Andrew formaba parte de Bryndle, banda que fundó junto al guitarrista Kenny Edwards y las cantantes Wendy Waldman y Karla Bonoff. El grupo grabó un disco que nunca llegó a ver la luz y su pronta disolución llevó al compositor y a Edwards a unirse a la nueva banda que Linda Ronstadt congregó a principios de los setenta.

Gold fue el artífice de ‘You’re No Good’, tema que lanzó la carrera de la artista al estrellato con un solo de guitarra memorable y una atmósfera inspirada en los Beatles. El compositor se convirtió en uno de los cimientos de los álbumes Heart Like A Wheel (1974) y Prisioner In Disguise (1975), que encumbraron a Ronstadt. A mediados de los setenta, decidió compaginar su colaboración con la cantante con su proyecto en solitario, publicando su primer disco homónimo en 1975. En la segunda mitad de los setenta Gold logró hacer honor a su apellido viviendo su particular época dorada gracias al éxito de sus discos What´s wrong with this picture (1976) —que incluía la célebre ‘Lonely Boy’— y All This And Heaven Too (1978), que destacó con temas como ‘Never Let Her Sleep Away’ o ‘Thank You For Being A Friend’, esta última posteriormente convertida en la cabecera de la serie The Golden Girls.

Su vínculo con Ronstadt finalizó en 1977, momento en el que el artista se convirtió en uno de los músicos de estudio más solicitados de la costa oeste tocando para grandes figuras musicales del momento comok Art Garfunkel, Don Henley, James Taylor, Brian Wilson, Jackson Browne, Carly Simon, J.D Souther, Freddie Mercury, Diana Ross, John Lennon, Paul McCartney o Ringo Starr.

Cautivado por el dance de los ochenta, en 1983 Gold entró a formar parte de Wax junto a Graham Gouldman (ex miembro de 10CC), proyecto por el que pasó sin pena ni gloria hasta 1989. Sin embargo, la década de los noventa no resultó fácil para el músico, que protagonizó un regreso junto a Bryndle —logrando publicar su álbum debut— para posteriormente retomar su carrera en solitario sin éxito alguno. A partir de este momento el músico se centró en su faceta de productor, trabajando con Nicolette Larson, Stephen Bishop, Eikichi Yazawa o Lisa Angelle, publicando a principios de los 2000 su último trabajo, The Spence Manor Suite, más cercano al country.

Andrew Gold falleció el 3 de junio de 2011, a los 59 años de edad, víctima de un ataque cardíaco cuando también luchaba contra un cáncer. Con sus sombras y sus luces, la carrera del músico californiano resulta el perfecto ejemplo del músico desconocido responsable del éxito de artistas que llenan estadios y se sitúan en lo alto de las listas de ventas. Como uno de esos actores secundarios sin los que un largometraje perdería su magia (¿alguien concibe El Padrino sin Robert Duvall o una de romanos sin Peter Ustinov?), el compositor fue una pieza clave en aquel sonido que irrumpió en la Costa Oeste como olas en la orilla durante la década de los setenta. Los discos que Gold compuso en la segunda mitad de aquellos años son precisamente eso: joyas sepultadas por la arena de alguna playa de California. Llegó el momento de desenterrarlas.

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