Bob Dylan: 77 años entre lo humano y lo divino

Lo maravilloso y lo doloroso de la vida viene cuando menos lo esperamos, de la forma que menos sospechamos. Y así aprendió a actuar Dylan, caminando por lo inesperado

 

MARÍA F. CANET

Robert Allen Zimmerman cumple 77 años. Uno más peleando contra el resto del mundo. Un año más siendo odiado y querido a partes iguales. Bob Dylan llega a los setenta y siete siendo el primer músico en lograr el premio Nobel de Literatura, un tema que seguirá suscitando ríos de tinta y polémica. Mientras el mundo se pelea por si merece o no tal reconocimiento literario, él sigue a lo suyo, publicando un disco nuevo, subiéndose cada noche a un escenario. La última, Triplicate (Columbia Records, 2017), su particular homenaje al cancionero popular norteamericano. A su manera. Siempre diferente. Porque la magia de Dylan reside justamente en eso: en hacer lo que nadie espera, cuando nadie lo espera. Eso es algo que nunca cambiará.

Los asistentes a los conciertos que ofreció el pasado mes de marzo en su gira española pudieron comprobarlo. Blues, rock, country y jazz se abrazaban sobre el escenario. El genio de Duluth, con sus inseparables botas blancas, se manejaba como un vaquero torpe sobre el escenario -los 77 no pasan en balde- pero se erigía firme frente a su piano y al micrófono. Como era de esperar, vistió himnos como ‘It ain´t me’ o ‘Blowin’ in the wind‘ con un traje diferente, siendo reconocibles más por la letra que por la música. Aferrándose a su piano, se aferraba a la vida al interpretar ‘Ballad of a thin man’, salvaje y vibrante. No pronunció un “buenas noches” pero algunos pudieron comprobar cómo daba las gracias a su particular manera dando palmas al interpretar ‘Desolation Row’ la última noche en Madrid. Otros pudieron vislumbrar sonrisas cómplices con los miembros de su banda en su rostro agrietado.

La carrera de Dylan se ha basado en romper barreras. Las que ha querido, cuando ha querido y de la forma que ha querido.  Se ha llevado a sí mismo la contraria  -¿hay algo más humano que tener contradicciones?-, haciendo oídos sordos de las críticas, y sin embargo su éxito se mantiene intacto. Dylan no canta, lanza mensajes con sus letras, pero también con su actitud: “Haz lo que quieras, cuando quieras, y como quieras, pero pon  todo tu empeño en ello”. Esa es la filosofía de su Never Ending Tour. Algo que empieza pero que nunca sabes cuando acabará ni cómo. Es políticamente incorrecto, se arriesga, se expone, se desnuda, se contradice, se equivoca, hace lo que nadie se espera de él, pero ante todo es libre y siempre logrará sacar arte tanto del barro como de la gloria. Se mantiene de pie, en primera línea, dispuesto a recibir las balas; no se esconde. Recoge las miserias humanas para transformarlas en arte. Sus canciones son espejos en los que la humanidad puede verse reflejada.

No esperéis que cambie, no lo hará (y menos mal). Lo maravilloso y lo doloroso de la vida viene cuando menos lo esperamos, de la forma que menos sospechamos. Y así aprendió a actuar Dylan, caminando por lo inesperado.  Es un trapecista que anda en la fina cuerda entre dos mundos; lo humano y lo divino. En el fondo todos queremos ser como Bob Dylan, pero no tenemos el valor suficiente.

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