Pianista en un burdel

“Sólo los locos y los niños dicen la verdad, por eso para dedicarse a lo que hacemos nosotros hay que estar un poco mal de la cabeza”

 

JOSÉ MANUEL SEBASTIAN

Es extraño el oficio de periodista musical. No hay ningún tipo de formación académica para conseguir título alguno que acredite esa condición. Yo creía que donde se puede encontrar a uno de los nuestros es en chavales como aquel que, siendo adolescente, se gastaba todo su escaso dinero en discos. Que ahorraba meses para asistir un concierto de un grupo ignoto que jamás había soñado que podía ver. Por ejemplo, los Plimsouls, que se juntaron brevemente a finales de los 90. Que podía pasarse una noche en vela hablando con otros como él de los dos primeros discos de los Rolling Stones después de ver a los 091 en El Sol. Básicamente, un ser asocial con algún que otro problema de autoestima.

Uno crece, se hace periodista musical y conoce el mundillo. Y resulta que no, que hay de todo y que, en el fondo, no hay tantos alocados obsesivos como él. Hay muchos colegas, respetados y admirados, que sólo van a los conciertos a observar y a dejarse observar. Jamás tienen una idea propia, vomitan lugares comunes y por eso, nunca se equivocan y nunca aciertan. Son inocuos. Esta es una de las razones por las que el periodismo musical ya no prescribe como antaño. Otro día me explayaré más sobre este asunto.

“Hay muchos colegas, respetados y admirados, que sólo van a los conciertos a observar y a dejarse observar. Jamás tienen una idea propia, vomitan lugares comunes y por eso, nunca se equivocan y nunca aciertan”

Yo soy licenciado en Derecho. Jamás he ejercido como jurista. Antes de terminar la carrera ya tenía un programa en Radio Vallekas e, incluso, salí en la edición local de El País como una de las promesas de la emisora cuando únicamente llevaba unos meses en antena. La relación con mis compañeros de la carrera me sirve para dimensionar el rol que la sociedad nos da a los plumillas que escribimos sobre melenudos. Se ríen de mi sueldo. Menosprecian mi capacidad de trabajo porque para ellos es diversión quedarte hasta las tantas después de un concierto en La Riviera para entrevistar a Method Man. Y mientras escuchan a La Oreja de Van Gogh me dicen que soy muy raro porque me gusta Julia Holter. Dicho de una manera sencilla. Se descojonan de mí porque no tienen ningún respeto por mi curro. Eso es lo que me dicen a la cara. Aunque, secretamente, me admiran porque ellos se imaginan que mi día a día se compone de “sexo, drogas y rock and roll”, un estilo de vida que ellos creyeron haber tenido y del que se sienten más ajenos que nunca.

¿Sabéis qué? Mis amigos tienen razón.

Somos una anomalía, un cuerpo extraño. No servimos para nada y a nadie le importamos. Por esa razón somos tan pocos. Y encima, es casi imposible vivir de poner discos y comentarlos. ¿Cuántos seremos en toda España? ¿Medio millar?

Solamente nos queda la belleza de estar en contacto con la música y los músicos. Hacemos lo que nos gusta y nos damos por pagados cuando hacemos una buena entrevista, aunque la gran mayoría de las veces el mundo parece no haberse dado cuenta de lo que hemos hecho. La gente prefiere que ese mismo artista que nos ha hablado de sus motivaciones, de sus alegrías y de sus miedos vaya a La Resistencia para que Broncano le pregunte cuánto dinero tiene en el banco.

“Sólo los locos y los niños dicen la verdad, por eso para dedicarse a lo que hacemos nosotros hay que estar un poco mal de la cabeza”

A veces me refiero al oficio de periodista musical como un apostolado. Cada día que pasa me voy convenciendo más de ello. No hay ningún millonario entre nosotros, los más afortunados engrosamos las atribuladas filas de la clase media. Hay algún que otro “famosillo” que escribe de música pero o bien tiene más de 60 años o es una celebrity de chichinabo. Generalmente, las dos cosas. Y en cuanto al prestigio social ya hemos visto lo que opinan mis queridos compañeros de la uni. El componente vocacional es básico para superar estos condicionamientos. Y además hay que tener un cierto carácter mesiánico, una necesidad de proclamar que el nuevo disco de Jean Michel Blais es una maravilla, aunque nadie te haga ni caso y tu voz sea poco más o menos un grito en el desierto.

No todos los periodistas musicales son alocados obsesivos como el de mi ejemplo del principio. Pero los mejores sí lo son porque son los únicos que sobreviven, que a veces dan con la tecla y  otras pierden el rumbo. Sólo los locos y los niños dicen la verdad, por eso para dedicarse a lo que hacemos nosotros hay que estar un poco mal de la cabeza y haberse negado a madurar completamente.

Mi amigo Sergio Barrejón es uno de los mejores guionistas españoles y en español. Muy recomendable su debut en la dirección, “Jefe”, ahora mismo en Netflix, por cierto. Una vez tuvo un blog llamado Pianista en un burdel. El subtítulo era una famosa frase atribuida a Tom Wolfe modificada ligeramente, “no le digáis a mi madre que trabajo de guionista. Ella cree que soy pianista en un burdel”. En realidad, Wolfe hablaba de los periodistas y no de los guionistas. Yo pienso que tanto Sergio como Tom Wolfe están equivocados. En el lugar más bajo de la escala evolutiva no están ni los unos ni los otros. Ese puesto nos corresponde a nosotros (y a los guionistas de no ficción).

 

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