David Ruiz: “Me encanta subirme al escenario, tocar un acorde y alucinar con lo que ocurre”

La MODA

Machado, la España vacía, música, raíces y sentimiento en un ‘No he venido aquí a hablar de mi disco’ con el cantante de La Moda.

SAÚL QUIJADA

“Actores secundarios transitan por la calle principal con idéntica prisa de lunes”. Así arranca el poema titulado “Calle Mayor”, escrito por David Ruiz, cantante de La Maravillosa Orquesta del Alcohol (La MODA), uno de los grupos más en forma de nuestro país. Estamos en Burgos, es una tarde fría de otoño y la gente va de un lado a otro apurando los últimos rayos de sol. Con cuatro discos a sus espaldas, La Moda ha conseguido recuperar los sonidos clásicos del folklore europeo y castellano sin olvidar la música de ahora. Instrumentos como el banjo, el acordeón y la mandolina sostienen unas letras poderosas, con un mensaje que cala hondo en el oyente y que han llevado al grupo burgalés a una atalaya independiente  de nuestra música. La Moda es La Moda. Para hablar de todo ello, quedamos con David Ruiz, guitarra y voz de la banda, y escritor por vocación desde pequeño. Machado, la esencia de Burgos, la importancia de los abuelos y la música como forma de vida son algunos de los temas que saldrán a relucir en esta entrevista. Se apaga el día en Burgos y el móvil empieza a grabar.

¿Por qué has elegido para hacer esta entrevista el bar San Patricio de Burgos?

Es un sitio que me gusta mucho, vengo habitualmente con amigos y tiene un vínculo especial con el grupo porque aquí hemos grabado escenas de algún videoclip. Representa nuestro hogar y esa burbuja en la que vivimos alejados de ciudades como Madrid y Barcelona, donde el mundo avanza muy rápido y te atropella.

¿Qué es lo primero que haces en Burgos cuando llegas un domingo después de haber estado todo el fin de semana de gira?

Últimamente llego a casa, pongo una lavadora y me voy a dormir porque no podemos estirar tanto nuestros cuerpos. Al principio la liábamos un poco más, pero llevamos muchos años a un ritmo frenético de gira y necesitamos descansar cuando llegamos a casa.

¿Aquí te conocen como David o como el cantante de La Moda?

Burgos es una ciudad pequeña y hay gente que me conoce como el primo de fulanito o el amigo de su vecino. Sin las camisetas de tirantes pasamos bastante desapercibidos; además, aquí la gente es muy respetuosa y cuando se acerca a ti es para preguntarte cómo estás, sin ningún tipo de agobio. Burgos es nuestra casa y nos gusta mucho el ambiente que se respira porque es como una gran familia.

El último disco está  grabado en Frías, un pueblo muy pequeño de Burgos, donde habéis encontrado un refugio ideal para la desconexión.

Queríamos desconectar absolutamente de todo y juntarnos en una casa para montar los instrumentos en el salón y tocar. Sin ningún aditivo más, la banda al completo y la música. El disco empezó buscando la inspiración en la música popular europea: viajamos a Edimburgo y a Berlín pero, al final, acabamos acercándonos más que nunca a casa, a nuestras raíces y, de una manera simbólica, elegimos Frías que es la ciudad con menos habitantes de España. Convivimos un mes, salieron bastantes canciones y conseguimos estar aislados del exterior. De hecho, no teníamos ni cobertura.

Esa esencia de los lugares que reivindicáis en las canciones se está perdiendo con el paso de los años. Veía el otro día un reportaje de El Patillas, un bar mítico de Burgos, en el que el dueño comentaba que lo iba a dejar porque “el ambiente del bar ya no era el de siempre”.

Supongo que eso está unido a las personas y a la nostalgia. Tendemos a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y no ponemos la energía suficiente en disfrutar del presente. Nos anclamos al pasado y mitificamos momentos que cuando los vivimos no eran tan mágicos, pero te acuerdas de ellos y como no puedes volver a revivirlos tienen un aura especial. En ese sentido, es importante mirar a lo que viene, no dormirte en los laureles y seguir trabajando como el primer día, porque si no es muy fácil dejarte llevar cuando las cosas vienen bien y te olvidas de cuál es tu lugar. Creo que es fundamental mantener la misma ética de vida de cuando no te conocía nadie para no olvidar de dónde vienes, como decimos en la canción.

Fotografía: Vanesa Montero

A colación de lo que hablábamos antes de las ciudades, en la canción ‘Campo Amarillo’ escribes: “Ya van quedando vacíos los pueblos”.

Nosotros lo expresamos en la canción, pero creo que es una necesidad. Hay mucha gente que no puede llegar a lo que quiere quedándose en los pueblos porque son regiones olvidadas. Vivimos un momento en el que las personas estamos más aisladas que nunca por culpa del sistema y la tecnología. Nos obligan a trabajar lejos de casa y eso conlleva separarnos de nuestras raíces. Conocer mundo, gente y culturas es maravilloso cuando se hace con gusto, pero no por obligación. En muchos pueblos españoles se están dejando de prestar servicios básicos para las personas y, al final, tendemos al concepto de centralización pero aplicado a cada región. Me da mucha pena ver como se está dejando de lado lo que somos y una parte tan importante de nuestro pasado.

Esta idea es la que refleja Sergio del Molino en su libro La España vacía.

Efectivamente, ese libro refleja muy bien lo que estamos comentando en la entrevista. Vivimos devorados por la velocidad de nuestro tiempo y no nos paramos a pensar en las cosas más básicas y primitivas que, al fin y al cabo, son las importantes. Dentro de unos años reflexionaremos sobre ello y nos daremos cuenta de todo lo que está pasando en nuestra sociedad. A mí, personalmente, me da mucha pena porque parte de mi vida ha transcurrido en pueblos y núcleos urbanos muy pequeños.

 ¿Qué influencia ha tenido Antonio Machado en tu manera de escribir?

Siempre he citado a Machado, Miguel Hernández y Lorca como tres de las mayores influencias en castellano que he tenido. A Machado lo he leído desde que estaba en el colegio y me parece uno de los escritores que la gente siempre recordará. Utilizaba un lenguaje bastante sencillo y asequible para decir cosas muy profundas. Es como dibujar a una persona en pocos trazos y que sea reconocible. Pocas palabras pero muy certeras.

Vosotros también hacéis eso en las canciones porque, de algún modo, conectáis con la gente y con sus problemas cotidianos de una manera muy directa.

No nos gusta decir las cosas para una minoría ni tener un público especial. Intentamos expresarnos para todo el mundo y que nos entienda igual nuestra abuela que un amigo de la infancia.

Cuéntanos cómo fue tu infancia aquí en Burgos.

Tuve una infancia muy tranquila de la que guardo recuerdos increíbles e imborrables. Pasé muchas horas jugando con mis amigos, sin ninguna preocupación por nada y con mucha emoción por descubrir cosas nuevas.

¿Cuáles eran los pensamientos que tenías en tu cabeza durante esos años?

Cada día ocurrían cosas que eran el centro de tu vida y eso ocupaba todo. Nunca me planteé dedicarme a la música pero siempre quise tener un grupo. Ninguno de mis amigos tenía inquietud por la música y, supongo, que me resigné a mi destino debido a esa circunstancia. Con los años, mi pasión por la música fue imposible de parar y me junté con un grupo de personas que tenían las mismas expectativas. Estudié piano en el conservatorio pero nunca había cantado ni escrito nada.

¿En qué momento cambias el chip y tu cabeza se centra de lleno en la música?

Ha sido todo muy progresivo y natural. Aprendí a tocar la guitarra a mi modo, sin ningún tipo de manual, y con 18 años me compré una batería que pude pagar después de haber trabajado una temporada en el cementerio haciendo chapuzas. Después empecé a ensayar y a juntarme con gente apasionada de la música. De alguna manera, pasó lo que tenía que pasar.

¿Qué te llevó a matricularte en la universidad?

Me metí a Comunicación Audiovisual porque siempre me ha llamado la atención el mundo del cine y la música. Si hubiese tenido las cosas más claras en su momento no hubiese ido y habría aprovechado esos años para aprender música en otro sitio. Podría haberme salido muy bien o muy mal, nunca lo sabré.

Háblanos de tus padres.

Mis padres son dos personas muy cultivadas y eso es algo de lo que me he dado cuenta cuando me he hecho mayor. En mi casa hay una biblioteca gigante que la gente alucina cuando va y, de hecho, se piensan que son libros de mentira. Se ha leído mucho en casa y se ha escuchado música muy variada. Recuerdo escuchar discos enteros de Miles Davis con 4 años, lo mismo que a Vivaldi  o a Raimundo Amador. Soy la persona que más discos se ha tragado de Kiko Veneno en los viajes porque mis padres lo escuchan permanentemente en el coche. Lógicamente, no era consciente en ese momento de lo que estaba escuchando, pero con el paso de los años lo valoro de una manera muy especial porque me aportó un poso cultural importante. Yo normalizaba la situación y pensaba que todos mis amigos con seis años escuchaban Supertramp. Luego me he dado cuenta de que no, y creo que de ahí vienen muchas cosas de mi presente.

‘Ojalá’ de Silvio Rodríguez es una canción que te ha acompañado siempre.

Es la canción favorita de mi madre y, aunque no se lo digo, la versión que hicimos es un homenaje a ella. He escuchado el tema millones de veces incluso cuando estaba en la tripa de mi madre.

¿Has tenido que tirar mucho de nostalgia para que en tus letras hagas referencias a Miles Davis, Johnny Cash o Nick Drake?

Para nada, eso viene de otro lugar. Obviamente hay influencia pero son situaciones que no nacen de un lugar cerebral sino visceral. Escribo lo que siento dentro de mí, sin filtros ni trampas.

¿Recuerdas la primera canción que escribiste?

El punteo de ‘Héroes del Sábado’. Fíjate que es una canción que está incluida en el último disco pero lleva conmigo desde los 16 años. Cuando empecé a tocar la guitarra no sabía cómo se ponían los acordes e investigaba el sonido de las cuerdas una a una, en  un acercamiento al instrumento muy intuitivo y físico. Yo lo comparo como algo primitivo, similar a la persona que coge dos piedras y hace fuego. El haber aprendido a tocar de esa manera la guitarra me ha llevado a conclusiones y a quebraderos de cabeza propios de la ignorancia, pero las satisfacciones las he disfrutado el doble. Un día cacharreando con la guitarra hice el punteo y lo guardé hasta ahora.

¿Cuál fue el primer disco que te compraste con tu dinero?

Me compré  el Volumen III  del recopilatorio Punk-O-Rama en la tienda Tipo de Burgos por 800 pesetas. Antes, en Burgos había cinco tiendas de discos y ahora no queda ninguna, que también es algo significativo de lo que comentábamos antes de la esencia de los lugares. Recuerdo que como los álbumes valían mucho dinero tuve que apañármelas para escuchar los discos. Lo que hice fue conectar  unos auriculares a una grabadora y esconderme los cables por la manga. En aquel momento, las tiendas tenían unos reproductores que te permitían escuchar los discos con unos cascos gigantes y lo que hacía era tapar mis auriculares con los cascos gigantes y grabar el disco entero. Imagínate el dolor de brazos con el que terminaba después de estar sujetando los cascos media hora. Un día me pilló el dueño y me dijo que comprase los discos, pero era imposible porque me gastaba todos mis ahorras en música, no tenía más. También recuerdo comprarme la Rock Deluxe con 11 años y ver a Nacho Vegas en portada… No sé, la música ha estado presente en mi vida desde muy pronto.

 De hecho, 7:47 ni un minuto más el último EP que habéis publicado, donde se incluyen tres temas nuevos, lo habéis grabado en casete y la edición que ha salido a la venta ha sido en vinilo. Algo muy relacionado con lo que decíamos de la esencia musical más original.

Tampoco queremos ser unos puristas y quedarnos solo con lo clásico, pero sí reivindicarlo para que no se olvide. Aceptar el presente pero no renegar del pasado.

¿Cómo entiendes el oficio del músico?

Los músicos creo que nos dedicamos a esto porque nos negamos a aceptar que estamos creciendo y madurando. En el fondo, estamos manteniendo esa inocencia, pureza e ingenuidad de las primeras veces cuando todo es verdadero y los sentimientos son puros. Siempre queremos volver a esos momentos y  aceptar que has dejado de ser un niño es un proceso por el que todos debemos pasar alguna vez. Nunca más se va a repetir el instante en el que te diste tu primer beso o en el que tocaste con tus amigos en las fiestas del colegio. Esa obsesión por las primeras veces nos persigue un poco.

En las canciones, ¿cómo se consigue vivir esa magia de la primera vez cada fin de semana?

Se consigue estableciendo una conexión entre la canción y el momento en el que la creaste, recordando  lo que sentiste y los motivos que te llevaron a escribir ese conjunto de palabras. Es un proceso muy bonito porque te abstraes de todo y te dejas llevar por la música. A nivel personal, exige una implicación y un desgaste bastante alto, pero merece la pena sin dudarlo.

Pero si haces una gira de cien conciertos al año y tienes que interpretar cada canción cien veces, ¿no creas un automatismo en tu cabeza que la canta sin pensar?

Eso es en lo que puedes caer, pero ahí está el truco. Tienes que guardarte en un frasco la esencia del momento en el que se compuso la canción para ir dosificándola toda la vida.

¿Y es fácil conseguir esa introspección personal delante de 10.000 personas?

Es fácil porque hay un contexto donde se incluye un escenario, unas luces, un sonido, un público…A mí me parece natural porque, al final,  si cantas lo que vives luego vas a vivir lo que cantas.

Si antes abordábamos en la conversación el tema de tus padres, tus abuelos también han formado parte de la columna vertebral de tu vida. La frase: “Recuerdo lo que me dijo mi abuelo aquella mañana, se puede perder la vista pero nunca la mirada”, me parece que resume muy bien todo lo que rodea al universo de La Moda. ¿Escuchamos poco a las personas mayores?

Tenemos poco tiempo en general para las personas. Somos muy egoístas y vivimos nuestra vida preocupándonos lo justo por los demás. No nos preguntamos cómo están las personas que queremos, cuánto nos necesitan o si se sienten solas en ciertos momentos. Pasamos como si nada el día a día y cuando alguien muere vamos al cementerio a poner flores y a llorar, pero a lo mejor el tiempo que han estado con nosotros no lo hemos aprovechado. Por desgracia, hay gente que considera a las personas mayores un estorbo para la sociedad y eso mide un poco el nivel de decadencia de nuestro país, donde todos los componentes están entroncados. Nos aíslan cada vez y nos desarraigan cuando tu casa no es lugar físico sino un conjunto de personas que te quieren. Hemos perdido el norte por completo y esto cada vez se parece más a un capitulo de Black Mirror.

¿Tú canalizas todos estos sentimientos a través de la música?

Sí, pero es muy hipócrita porque en las canciones puedes contar una cosa y luego vivir de otra manera.

Pero creo que no es vuestro caso.

No lo es, pero todos, queramos o no, tenemos un punto de contradicción en nuestra vida. Las canciones te lavan y lo que escribes te eleva hasta tal punto que la gente se lo toma como un credo y lo canta a pleno pulmón, pero cada uno tenemos nuestras miserias personales y nos sentimos culpables por cosas que hacemos. La teoría nos la sabemos muy bien, la práctica es más difícil.

Vayamos al inicio del grupo.

Nos juntamos quince días para un concurso que había en la universidad de Burgos y lo ganamos. A partir de ahí, decidimos arriesgar y tirar hacia delante con ello. Han ido pasando pequeños acontecimientos que han reforzado la idea de que estábamos en el buen camino. En el concierto del festival BBK Live de Bilbao, en 2014, nos dimos cuenta de que algo estaba pasando porque 8.000 gargantas cantaban nuestras canciones. Cuando te llevas un puñetazo así de directo las ganas se multiplican y recargas pilas de por vida.

¿Entiendes que hubiese gente al principio que se acercase con recelo a vosotros por llamaros La Maravillosa Orquesta del Alcohol?

Entiendo a esa gente al 100% porque es un nombre que te recuerda a una verbena o a una charanga. A mí, desde fuera, me causaría la misma impresión que a ellos. Nosotros le pusimos ese nombre porque no esperábamos montar el grupo como algo serio, entonces salió muy natural. Éramos un grupo de amigos bebiendo, cantando y pasándolo bien.

 ¿Todos teníais claro que los pies debían estar en la tierra pasase lo que pasase?

Sí, porque no nos conocía nadie y no teníamos ningún bagaje musical ni de la industria que rodea a este sector. Por lo tanto, fue algo muy inocente y creo que es como cuando formas un equipo de fútbol con tus amigos en 1º de Primaria: no tienes ni idea de nada pero solo quieres jugar y pasártelo bien. El no tener ninguna pretensión, salvo disfrutar la experiencia, te permite disfrutar mucho más del camino.

¿Qué te ha enseñado la música en todos estos años?

Que es una compañía que no te pide nada a cambio, que sirve como ayuda perfecta en los malos momentos  y es la protagonista en las celebraciones. Gracias a la música puedes encajar piezas que de otra manera no encajarían y te sirve, en muchas ocasiones, para entender el mundo y unirte con personas. Me quedo con la idea de que las canciones te permiten empatizar con los sentimientos de otras personas y ayudarlas si lo necesitan. En un momento en el que quieren separarnos con fronteras, banderas y dinero la música hace a todo el mundo igual.

El otro día mostrabas tu reflexión en redes sociales sobre las personas que no escuchan música de hace años por considerar que se ha quedado desfasada y la gente, que por el contrario, cree que todo lo nuevo que se hace no vale para nada.

Me sorprende ver a  personas que solo valoran la música siguiendo un factor temporal, independientemente del contenido. Esto me hace pensar que todo lo nuevo en algún momento pasará a ser antiguo. Por lo tanto, siempre van a ser esclavos de la novedad y no van a poder defender lo que les ha gustado siempre por ser de otra época. La música es un salvavidas que no entiende de momentos y te emociona pasen los años que pasen.

Acabas de utilizar la palabra salvavidas para definir a la música. Salvavida de las balas pérdidas  es el título de vuestro último disco.

Sí, porque la música es de las pocas cosas que ha trascendido a lo largo de las generaciones sin que haya programas de televisión ni discográficas de por medio. Es un elemento ajeno a las corrientes. Trabajar con Diego Galaz nos ha abierto los ojos a la música tradicional europea y española y, al final, es un modo de no cerrarse a nada y trabajar con influencias de ahora y de antes. Que yo toque una canción en mi casa y me ponga la carne de gallina es lo único que me interesa de esto.  Todos nos vamos a morir hayamos llenado una sala o mil, hayamos estado trabajando diez años o ninguno… Hay que disfrutar los momentillos que te da la vida y exprimirlos al máximo.

Cuando consigues vivir un momento musical en el que todo encaja, ya sea en un directo o terminando un tema,  y la felicidad es el sentimiento dominante, ¿es comparable a cualquier otro instante de la vida?

A mí me parece más especial que ninguna otra cosa del mundo. Es cierto que hay momentos humanos en las relaciones en los que puedes experimentar ese subidón, pero como el éxtasis que provoca la música no creo que haya nada. No he tenido la suerte de experimentar la sensación que provoca la paternidad; si algún día lo hago compararé.

¿Te empapaste mucho de la cultura musical de Dublín cuando estuviste viviendo allí?

Allí hay gente haciendo música en cualquier parte y el conocimiento que se tiene sobre la música popular es bastante extenso y rico. Todo el mundo conoce canciones de sus abuelos y sus padres. En España entendemos la música como algo secundario que convive en un segundo plano con mil disciplinas más, allí no.

Creo que en Dublín aprendiste el concepto de tocar desenchufado, sin ningún tipo de amplificador ni ordenador.

Muy bien visto, tío. Me llamó la atención que la gente montase conciertos en la calle con un banjo, una guitarra y la voz, sin nada más. Para que una canción emocione no tiene que pasar por un programa informático para eliminar las imperfecciones porque ahí se encuentra la perfección, en hacer algo honesto, real y sin muchos elementos.

Si la canción es buena se sostiene a guitarra y voz.

Eso es. Cuando la canción está más despojada de artificios más conecta con el público y más efecto tiene en el oyente.

En las letras que escribes también se ve mucha influencia del origen de la música popular con todas las referencias que haces a los trenes, al concepto de estar permanentemente en movimiento, la libertad…

A la hora de escribir cada uno tiene su universo particular y en el mío está todo eso. La idea de libertad y de poder escaparte cuando quieras creo que es vital en cualquier persona y me gusta mucho representarla en las canciones. No sé, cada uno es heredero de todo lo que ha escuchado, ha visto y ha leído.

¿Cuál es la conclusión que sacas sobre el oficio cuando hablas con el resto del grupo?

Que somos unos privilegiados por poder dedicarnos a lo que nos gusta. Por desgracia, hay una gran cantidad de bandas con un talento increíble que no tienen un público que las secunden porque no hay un apoyo estatal para fomentar la música en directo. Estamos viviendo una película en la que, al final, te sobrepones a los momentos malos con mucha pasión por lo que haces.

Ahora llega el concierto en el Wizink Center de Madrid, un recinto que ha llegado después de llenar salas más pequeñas gira tras gira.

Nos lo tomamos como un concierto más dentro de la gira. Es el concierto más grande que hemos dado hasta el momento en nuestra vida y somos conscientes de la importancia que tiene para mucha gente, pero no para nosotros. Es decir, vamos a salir igual que lo hemos hecho en Santander o en Oviedo. Estamos tan metidos en la vorágine que provoca un evento de estas dimensiones que creo que será algo que saborearemos con calma al día siguiente.

¿Quién te ha enseñado a gestionar esa emoción?

Son muchos años tocando en millones de sitios con características especiales. Hemos tocado delante de seis personas y en la calle. De todo ello hemos aprendido y ahora es el momento de extraer la lección y ponerla en práctica.

Me gusta mucho una frase que un día escribiste en redes sociales en la que decías: “La vida no está hecha para comprenderla sino para vivirla”. ¿Es el resumen de todo?

No recuerdo quién es el autor de la frase, pero la sigo creyendo cada día. Estamos vivos por lo que estamos viviendo ahora mismo. Si ahora se cae el techo del bar tú y yo nos vamos al garete y lo que valemos es lo que hemos vivido. Me encanta subirme al escenario, tocar un acorde y alucinar con lo que  ocurre. La vida nos ha puesto una serie de vivencias delante de nuestras narices y no tenemos tiempo de pararnos a pensar; vamos a disfrutar el trago como si fuese el último.

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