Laura Ferrero: "Me fascina cómo las canciones de amor depresivas mueven a la gente"

La autora de la novela Qué vas a hacer con el resto de tu vida desvela las historias que hay tras los naufragios románticos en su nuevo libro El amor después del amor

 

RAQUEL ELICES

Lo superarás, eso es lo que dicen. Si no, siempre puedes convertir tu dolor en una canción, en un libro o enviar los restos del naufragio al Museo de las Relaciones Rotas. Bon Iver lo hizo cuando Emma le rompió el corazón publicando uno de sus mejores álbumes, Eric Clapton jamás hubiese compuesto la inolvidable ‘Layla’ si Pattie no hubiese sido, aparte de la novia George Harrison, un amor imposible y, seguramente, nunca hubiésemos tenido canciones tan certeras como No Distance Left to Run de Blur si Damon Albarn y Justine Frischmann siguiesen juntos.

En su novela Alta Fidelidad, como el nombre de esta sección, Nick Hornby, se preguntaba: “¿Qué fue primero: la música o la tristeza? ¿Me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste porque escuchaba música?” La realidad, como el nombre de la cafetería en la que nos encontramos con Laura Ferrero, es que nada ha inspirado tanto al cine, la literatura o la música, como los corazones rotos y las penas amorosas. Con esa premisa se lanza El amor después del amor (Bridge, 2018), un libro en el que la escritora Laura Ferrero y el ilustrador Marc Pallarès recogen la historia detrás de canciones, películas y libros que no habrían existido sin el dolor de sus creadores.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor… después del amor?

Es lo que surge cuando integras esa ruptura en tu vida. Es lo bueno que sale del amor que termina. No digo que nos dejen y de repente nos tengamos que poner a escribir todos un libro o una canción, sino que tras una ruptura puedes poner un punto y aparte. Cuando acaba una relación tienes la oportunidad de descubrirte de nuevo. Hay gente que escribe o compone, pero también los hay que se ponen a correr maratones o que planean viajes. El amor después del amor es lo contrario a tirarte en el sofá tres meses o emborracharte que, por otra parte, todos hemos hecho en algún momento cuando nos han dejado. De lo que se trata es de darle una segunda vida a las cosas. La palabra escrita, por ejemplo, a mí me permite tomar cierta distancia con lo que he vivido. Es decir, reinterpretarlo e integrarlo, quizá, de otra manera más sana.

Esa capacidad de transformar algo doloroso en arte ocurre también en la música, ¿qué le deben las canciones al desamor?

Nick Hornby hacía una reflexión sobre ello en Alta fidelidad: ¿qué fue antes la tristeza o las canciones de amor? Creo que nos hubiésemos perdido muchos grandes temas sin las historias de desamor. No lo sé, puede que sea algo cultural. Si te fijas, las canciones que más éxito tienen son las de verano, que al final hablan de los amores que se van, de los que no puedes tener.

Precisamente el punto de partida de El amor después del amor es el disco de Bon Iver For Emma: Forever Ago. En el libro dices que es el mejor álbum de todos los tiempos.

Y así es. Al menos es el álbum que más he escuchado en mi vida. Este es mi álbum y Bon Iver mi banda. Me lo ponía mucho mientras hacía mi tesis en Pamplona.  Al escucharlo, pensé mucho sobre la fuerza creadora que tienen las rupturas.

¿Y como se transforma ese álbum de Bon Iver en este libro de relatos?

Bueno, con los años fui recopilando más historias y se lo comenté a una amiga mía, que era editora. Ella conocía a Mar Pallarés y pensó que mis textos podrían ser ilustrados por él. Después de plantearme el proyecto, el resto de las historias fueron propuestas de cada uno. Por ejemplo, gracias a él me enteré de que Lost in Translation y Her estaban ligadas las dos. Era interesante unir mi mundo de la literatura con el suyo, que además de ilustrador es un apasionado de la música.

¿Cuánto de ficción y cuánto de realidad hay en estos textos?

Todas estas historias son reales. Se ha escrito sobre ellas antes. De hecho, dejamos fuera historias que no se pueden contar, como la que hay detrás de una canción de Manel. No puedes ponerte a desvelar historias que no han sido escritas. Todo esto sale de alguna parte y aún así, en algunas, ponemos un “imaginamos que”. En el triángulo amoroso de Nacho Vegas, Christina Rosenvinge y Ray Loriga, que se convirtió en dos discos (El manifiesto desastre y Tu labio superior) y en un libro (Ya sólo habla de amor), alguno de ellos puede decir: “te lo estás sacando de la manga”. Bueno, hay una parte de ficción, pero con matices muy sutiles.

En uno de esos matices, escribes: “Loriga negó lo que era obvio: que se estaban contando a sí mismos”. Christina y Nacho en sus discos, Ray en su libro. ¿Puede un músico o un escritor no contarse a sí mismo?

Creo que es inevitable. Yo quería que en el libro Qué vas a hacer con el resto de tu vida yo no estuviera presente, pero al final incluso poniendo cosas ficticias, era yo. Los miedos, las soledades, las angustias eran las mías, las de una chica de 33 años, que siente ciertas cosas y da igual que vivas aquí, en Nueva York o en la China.

El caso es que aquí todo acaba un poco mal. Leyendo los relatos uno se pregunta, ¿la felicidad no genera arte, no es motor de grandes libros o de canciones inolvidables?

Ese es el gran reto de la literatura, la música y el cine. Contar historias felices y que sean buenas. Creo que no sabemos contar historias en el que sus protagonistas son felices y que cuando lo hacemos, acaba siendo una comedia romántica interpretada por Jennifer Aniston. Maurice Blanchot decía que la felicidad describe el blanco. En mi caso, felicidad puede ser un día de agosto, con los amigos, en la playa y creo que en lo último que pienso es en escribir. Tampoco digo que tenga que estar deprimida. Se trata de momentos de tranquilidad. Cuando estoy exaltada no puedo escribir. Al final, la creación es muchas veces algo introspectivo, tienes que estar contigo mismo, con todo lo que eso remueve.

 

Eso se piensa en la literatura y también en la música, a la hora de componer, ¿qué relación crees que tiene la música y la literatura?

Yo creo que es lo mismo. Son dos medios distintos, pero sirven para expresar las mismas cosas. Quizá la música llega más. Es decir, muchas veces la música es algo que llega sin pedir permiso. Te metes en un bar y, de repente, te encuentras con una canción sonando. La música irrumpe en la vida sin buscarlo. En la literatura tienes que escoger, qué lees y el momento en el que lees.

La forma más literal del “amor después del amor” es retomar el contacto o volver con un ex. Sobre eso habla el relato de Adele con la canción ‘Hello, it’s me’. Aquí cuentas como esa canción inspiró a mucha gente, precisamente a eso, a retomar el contacto con sus exparejas…

De esa historia me fascinó la fuerza que tienen las canciones de amor depresivas para mover a la gente.

Pero quizá el arquetipo definitivo de todas estas historias sea el disco Rumours, de Fleetwood Mac. Tú lo llamas “el disco de las rupturas”. Habla de cómo en las historias de amor siempre hay varias versiones. Esto recuerda mucho a tu novela Qué vas a hacer con el resto de tu vida. ¿No hay objetividad cuando hablamos de amor?

No, creo que no solemos ser muy honestos. Cuando cuantas una historia, siempre cuentas tu historia. Si rompe una pareja y te cuentan qué pasó por separado, cada uno tiene su versión. No es que te mientan, pero cada uno se fija en unos detalles. Nunca podrás saber la verdad, siempre hay opacidad en esos relatos. Así que cuando te hablan de rupturas tienes que hacer un voto de confianza y valorar.

En esa novela, también se colaba la música. Concretamente la canción We Must Become the Pitiless Censors of Ourselves de John Maus, ¿de dónde sale ese tema?

La letra de la canción, que además habla de una historia de amor real, cuenta cómo dos personas tienen que inventar un lenguaje nuevo para decirse las cosas porque no lo habían encontrado y se decían cosas que no eran verdad. En Qué vas a hacer con el resto de tu vida les pasa lo mismo a los personajes. La canción, que es muy onírica, me la enseñó una amiga en un viaje a Cata Creus, un lugar mágico de la Costa Brava. Yo estaba pensando en seleccionar algún tema para la novela y en ese momento pensé que sería perfecta.

Esa canción de John Maus se asocia a un momento determinado. ¿sueles asociar momentos a canciones?

Sí, me pasa constantemente. Hace poco me pidieron en Radio 3 que hiciera como las 15 canciones y cada una de esas canciones era un momento muy concreto de mi vida. Creo que puedes recordar un momento, personas o situaciones con una canción. Y ahí la música tiene un poder que igual la literatura no tiene. Es algo más primario, como los olores, con esa capacidad que tienen para trasladarte de repente.

A sentimientos o a personas, ¿no?

Sí.

O a relaciones pasadas. ¿A las canciones no se las puede mandar al Museo de las Relaciones Rotas, entonces?

No.

Y entre lo que sí puedes llevar allí, ¿qué llevarías?

Podría enviar media casa, ahora estoy de mudanza. Allí se llevan objetos y cosas que ya no queremos recordar, pero yo creo que sí deberíamos recordar. Me separé justo el verano pasado, cuando estaba escribiendo El amor después del amor precisamente y organizando nuestras fotos y le pregunté si quería algunas. Me dijo que no y yo me las quedé. Para mí son recuerdos de mi vida. Hay gente que borra el pasado. A mí me gusta conservarlo.

Volviendo a la música y a los momentos, ahora, ¿a qué suena tu vida?

Tengo una lista de reproducción que se llama Cacaolat, era una bebida que me encantaba de pequeña y todas las canciones que me van gustando las pongo aquí desde hace como seis años. Cuando me gusta una canción la pongo en bucle y ahora mismo no paro de escuchar Lodo de Xoel López y Bum Bum Bum de Cass McCombs.

¿Y si tuvieras que definir tu novela con una canción, qué canción seria?

Podría ser ‘Criticarem les noves modes de pentinats’ de Manel. Cuando la escuché por primera vez me dieron muchas ganas de llorar. Habla sobre las malas decisiones que se toman en la vida. Me transmitió esa idea que hay en el libro sobre cómo a veces las personas no se ponen de acuerdo o no saben quererse bien. Me gustan mucho las canciones que cuenta historias y es algo que encuentro en las de esta banda. También me pasa con las de Nacho Vegas. De él creo que ‘La Gran Broma final’ podría encajar con Qué vas a hacer el resto de tu vida.

¿Las escuchaste con esa novela o no escuchas música para escribir?

No, para pensar sí. Pero para escribir no porque me gusta mucho fijarme en las letras de las canciones, escuchar lo que dicen y me distraigo.

Hoy en día incluso escuchar música con atención es raro…

Sí, con plataformas como Spotify tenemos un acceso tan grande a todas las canciones, que hemos perdido, ya no la capacidad de escuchar un álbum entero, sino una canción. Yo, a veces, cuando ya ha pasado el trozo que me gusta, o le doy al principio otra vez o salto de canción. Cuando era pequeña recuerdo escuchar muy atenta la radio, pendiente de mi canción favorita para ponerla a grabar en casete, era superemocionante, ahora ya no.

Pasa lo mismo con la lectura.  Es casi heroico ver a alguien concentrado solo en un libro, sin apartar la vista al móvil de tanto en tanto…

He trabajado muchos años en una editorial, leyendo mucho. Antes, tú tenías en el ordenador el texto e ibas poniendo las anotaciones. Ahora mismo como tienes cinco ventanas abiertas a la vez, el tema es que tienes la atención superfragmentada. También, por ejemplo, viajo mucho por trabajo y puedo pasar nuevo horas o así en trenes o autobuses. Me he dado cuenta de que no aprovecho tanto el tiempo como cuando estoy en un avión, sin teléfono, sin acceso a Internet, porque no tengo esa distracción.

 

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