Jordi Costa: "En España, contracultura y ultraderecha han estado muy próximas"

El crítico cultural publica Cómo acabar con la contracultura. Una historia subterránea de España (1970-2016). Hablamos de música y cultura en un bucle de conexiones inesperadas

 

DAVID ESTANCOUSQUI

Jordi Costa (Barcelona, 1966) es uno de los críticos culturales de referencia en España: lleva más de 35 años escribiendo sobre comic, cine, música, literatura y todas las manifestaciones de la cultura popular. Desde hace ocho años compagina esa actividad con su labor como profesor de Crítica de Cine en Escuela de Escritores. Acude a este Alta Fidelidad con la edición dominical de El País debajo del brazo y con una bolsa de tela al hombro en la que acarrea alguno de sus discos favoritos. No distingue entre alta y baja cultura. Habla pausado, exuda sensibilidad y, a pesar de la tranquilidad de la experiencia, se exalta con las contradicciones y el elitismo de algunos prescriptores culturales. No es un tipo pesimista, pero mira con recelo la historia de la contracultura española que detalla en su nuevo libro: Cómo acabar con la contracultura. Una historia subterránea de España (1970-2016) (Taurus, 2018). Con soldados que truecan discos psicodélicos, guitarristas flamencos que descubren la música negra norteamericana y hippies legionarios iniciamos esta conversación que nos llevará hasta las sesiones con himno nacional en la discoteca Pachá y de vuelta a las salas de baile gestionadas por Falange en un bucle de conexiones musicales inesperadas. Ríete tu de la recomendación semanal de Spotify.

¿Se puede afirmar que existe una tradición contracultural en España como la de Estados Unidos o Gran Bretaña?

La contracultura en España no llega a enraizar en ningún sitio y donde surge, lo hace en un estado de tránsito. Sería más aproximado hablar de momentos de polinización.

¿Existe un “momento de polinización” fundacional?

La instalación de las bases militares americanas en España: muchos de los soldados de esas bases no eran ni militares profesionales ni devotos creyentes del Ejército de Estados Unidos; algunos incluso eran figuras contraculturales que introdujeron los primeros discos de música psicodélica que se escucharon en España.

¿Destaca alguna figura clave en ese primer momento?

Sí, por ejemplo, el guitarrista flamenco gitano Diego de El Gastor: se relacionaba con soldados de la base de Morón de la Frontera y trató de fusionar el flamenco con la música negra estadounidense. La ortodoxia flamenca consideró aquello primitivo y anárquico, pero El Gastor se convirtió en un imán para hippies amantes del flamenco.

ALTA FIDELIDAD

Y es en esa sopa, entre discos psicodélicos importados por soldados norteamericanos y heterodoxos del flamenco, donde se cocina el primer movimiento contracultural en España…

Sí, de ahí surgieron los primeros sonidos contraculturales en España y con una figura clave: el productor Gonzalo García Pelayo, que grabó la mezcla de psicodelia y flamenco de Smash. Casi podríamos hablar de una “escena” de la música progresiva, con Smash en Sevilla y Máquina! en Cataluña. De hecho, esa escena catalana de prog-rock sí recibió un nombre: Rock Laietano. El Rock Laietano surge como una escisión de la nova cançó, cuando Pau Riba y Jaume Sisa deciden desmarcarse de esa oposición al franquismo tan catalanista donde la psicodelia, el sexo y las drogas no tenían ninguna cabida.

Y, sin embargo, como explicas en el libro, la relación entre la burguesía franquista y el desarrollo de la contracultura en España es fundamental.

En España, entre la contracultura y la ultraderecha ha habido muchas veces menos de un grado de separación. Por ejemplo: ¿cuál es uno de los himnos de la democracia española?: ‘Libertad sin ira’, de Jarcha. ¿Qué habían grabado Jarcha dos años antes de ‘Libertad sin ira’?: una ópera rock titulada Líder sobre José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange. En la época de la Movida encontramos acercamientos irónicos un poco peligrosos a cierta iconografía nazi, con Gabinete Caligari o Glutamato Ye-Ye jugando con el bigotito de Hitler; personajes como Fernando Márquez El Zurdo, que se declara explícitamente falangista o intervenciones candorosas como la de Carlos Berlanga en la Edad de Oro hablando con completa ingenuidad sobre sus inicios escribiendo un fanzine con el hijo de Vizcaíno Casas. En fin, los hijos de la burguesía cercana al régimen, los Panero, los Torrente-Ballester, la familia Sánchez Mazas…

De esas familias del régimen dedicas especial atención a los Vallejo-Nájera: ¿por qué?

Porque Alejandro Vallejo-Nájera, nada menos que el primer hippie de España, era el hijo de Antonio Vallejo-Nájera, el psiquiatra al que llamaban el doctor Mengele del franquismo, cuyas teorías sustentaron toda la red de los bebes robados. Alejandro nunca rompió con la familia, sino que se convirtió en una versión pulsional del padre, pero sin la moral católica, y funcionó como un depredador dentro del movimiento hippie. Además, en todo momento él dice que es hippie y legionario.

¿Cómo se puede ser hippie y legionario a la vez?

Puede parecer una contradicción, pero él decía que, una vez que uno había sido legionario, ya nunca podría dejar de serlo. Nunca renegó de su padre, ni de la Legión, ni tampoco de Franco. Alejandro Vallejo-Nájera fue un hippie que, por ejemplo, se paseó por Venezuela ondeando la bandera española para joder a los exiliados republicanos.

“En España la contracultura
se crea sin matar al padre”

O sea, que tenemos una contracultura que no mata al padre…

El componente fundamental de la contracultura es el concepto de desafiliación y aquí se crea una contracultura en la que no existe ese rechazo a la cultura de los padres: todos pertenecen a la burguesía y no rompen con sus privilegios. Pau Malvido lo explica muy bien en su libro Nosotros los malditos: dice que, a diferencia de los hippies extranjeros que estaban en Ibiza, los hippies españoles no podían ser hippies por un simple problema económico. El hippie de clase obrera no existe, aquí lo que había era gente que llevaba una doble vida.

Una contracultura de ‘niños bien’…

Bueno, hay gente que ha sobrevivido completamente íntegra, como Nazario (dibujante de comics y pintor), pero que para hacerlo pasa temporadas viviendo con una economía de guerra. La contracultura solo se puede convertir en una forma de vida cuando hay un mercado para sostenerla. Alguien como Robert Crumb ha podido ser underground toda su vida en Estados Unidos porque hay una serie de lectores que sustentan todo eso. Sin embargo, en España la profesionalización siempre ha tenido más que ver con un pacto con el poder. Cuando te conviertes en el Javier Mariscal diseñador de la mascota olímpica y del mobiliario del Eixample o te conviertes en el Pedro Almodóvar director de prestigio, te conviertes en otra cosa…

¿Ha existido en España algún fenómeno musical que se pueda definir como de clase obrera?

Principalmente el rock radical vasco y la rumba catalana. Hay cosas de El Pescaílla y de Lola Flores de una visceralidad que no se encuentra en el rock español. En la Barcelona contracultural también encontramos una figura tan importante como la del Gato Pérez, un músico argentino que encuentra en la rumba su lenguaje.

¿Y actualmente?

Quizás el trap. Es una escena en la que no he entrado mucho, pero me parece un discurso de degradación del hip-hop o del gangsta rap formulado desde la estética de lo yonqui, por el factor no productivo de la sociedad y que genera una exaltación del materialismo desde una posición marginal. También observo una dimensión política, entre lo anárquico y lo desencantado, en Albert Pla o en El Niño de Elche. Pero donde realmente encuentro un discurso contestatario y contracultural que me fascina es en la youtuber Soy una Pringada: es una tía que descubrió que la cosa que más le hablaba de lo que le había pasado en la vida y con la que más se identificaba eran los Smiths, luego descubrió a Kurt Cobain, después el trap… Al mismo tiempo, las ha pasado muy putas en la vida: viene de una familia desestructurada, ha sufrido bullying en el colegio, depresión, intentos de suicidio… Finalmente ha roto con su familia completamente, vive sola y ha encontrado su tribu en un mundo de trans y drags. Es decir, es alguien que ha vivido plenamente una historia de desafiliación sin negar ninguna de sus identidades. Y eso es lo interesante y lo que me fascina, que mantenga las capas de todo lo que ha sido.

 

 

¿Qué nos dices del indie?

Llegué a Madrid en 1997, más o menos coincidiendo con la explosión del indie, así que muchas veces iba al Siroco y me encontraba con que la mayoría de los grupos que veía me parecían de niños bien. Yo conservaba la imagen de ir a conciertos de Siniestro Total en los que, hicieras pogo o no, notabas una especie de energía primitiva, así que grupos como La Monja Enana me parecían como Aznar y Ana Botella haciendo pop. Hay gente que tiene mucho talento musical, como La Buena Vida, pero toda la onda donosti sound es de niños bien. En el indie no había esa idea que yo asociaba quizá ingenuamente a la música pop-rock de ser, como mínimo, un rugido generacional. Era un pop que estaba muy en armonía con lo que estaba pasando —el comienzo de las victorias electorales del PP— y sin discrepancia con la realidad.

 Amaia, ganadora de la última edición de Operación Triunfo, ha sido la sorpresa del Primavera Sound de este año, festival indie por antonomasia…

Hay una cosa que no me gusta en la cultura de Operación Triunfo que es esa épica del esfuerzo por convertirse en un producto. Imagínate que alguien le hubiera dicho a Bob Dylan o a John Lennon: tú tienes que ser un buen producto. Todas las técnicas de lo que se considera cantar bien, en estos contextos como Operación Triunfo, son técnicas de uniformidad y de homogeneidad.

Durante el desarrollo del concurso se produjo un debate curioso entre la opinión pública: una parte sostenía que se trataba de un producto de la sociedad del espectáculo; otra decía que Operación Triunfo representaba la cultura del pueblo. ¿Qué te pareció esa polémica?

En ese tipo de programas hay unos parámetros de excelencia que tienen que ver más con el producto que con la cultura. A una voz como la de Bob Dylan no la habrían aceptado en La Voz. Sin embargo, hay cantantes que te seducen por una imperfección, por una afonía, porque hay notas a las que no llegan. Además, Bob Dylan o John Lennon eran gente que llegaba al arte a través de la experiencia vital, de una formación, de una educación sentimental y que se expresan a través del rock y del pop. Por un lado, hay esa tendencia a considerar a este último tipo de artistas como “lo que está bien”, pero al mismo tiempo aparecen fenómenos populares espontáneos que no tienen por qué estar en el radar del prestigio. Por ejemplo, Camela es un grupo al que algunos críticos musicales se acercan con reservas y siempre con un entrecomillado, pero puedo entender por qué alguien se siente reconocido en las canciones de Camela o cómo muchos jóvenes llegan al trap. Sin embargo, lo que se ve en Operación Triunfo es a jóvenes que lo que quieren es cantar la balada romántica, además de la exaltación de un imaginario de la normalidad o de la medianía en el que al artista se le trata como un producto. Me asombra que un joven artista no se sienta violentado porque le llamen producto.

JORDI COSTA

Otro debate actual que afecta a la cultura es la tensión entre la libertad de expresión y legislaciones como la Ley Mordaza o climas de opinión pornográficamente puritanos.

Vivimos unos tiempos un poco horribles, pero hay gente con ganas de tocar las narices. Albert Pla cada vez que abre la boca es para poner contra las cuerdas al sistema. En TV3 hay un programa de humor político que formula sketches en los que sale la amante del rey emérito o sobre la Cataluña del 155 que son toda una declaración: aquí estamos, venid ya a amordazarnos. En los años ochenta se emitía aquí el Spitting Image y veías cómo se metían con la familia real británica y pensabas que eso aquí era inconcebible. Una vez estuve en un programa de debate en el que una de las ponentes dijo: “bueno, en el país este que tenemos con el rey putero…”; hubo una crisis, porque eso no se podía formular y mucho menos emitir. Y es que, además de la Ley Mordaza, también estamos en un país de hipersensibilidades que no entienden ni siquiera la intención con que se formula un mensaje. Una de las últimas grandes decepciones de ecos contraculturales fue el caso de los titiriteros: el Ayuntamiento enseguida salió diciendo “repudiamos esto, nos repugna”; bueno, a ver, defiende el bastión, ¿no? Fue un caso más en el que se cogió solo una parte de la enunciación de la obra para decir que estaban haciendo goras a ETA…

“El cementerio socialdemócrata de los elefantes
es la gira de ‘El gusto es nuestro'” 

 

El sistema intenta fagocitar siempre a todo aquello que pretende romper el dique.

Hay de todo, pero es cierto que, por ejemplo, toda aquella energía contracultural de la Movida fue instrumentalizada por la política cultural del gobierno socialista y en ese proceso fue perdiendo significado. Existía esa idea de que el pop no servía para confrontarse con la realidad ni para rebelarse ante nada. Y dentro de la Movida hay un punto de inflexión cuando se convierte en éxito un grupo como Hombres G, que parecen niños del barrio de Salamanca. La energía de la Movida acabó dando pie a una especie de pop pijo.

¿Hay intelectuales del régimen? No del régimen franquista, sino del régimen de lo políticamente correcto.

El cementerio socialdemócrata de los elefantes, que es la gira de El gusto es nuestro con Ana Belén, Víctor Manuel, Miguel Ríos y Serrat, representa un poco eso que dices. Hay más, pero estos sí que son cultura de la Transición en grado máximo.

 Hace unos meses apareció en la fachada del Teatro Barceló una bandera de España enorme como protesta contra los independentistas catalanes. Tú, en Cómo acabar con la contracultura, dedicas una parte a la historia de las discotecas en España: ¿se puede contar la historia de las últimas décadas a través de la historia de las discotecas?

Bueno, creo que se puede contar qué es España a través de la historia de las discotecas, sí. Mira, la primera discoteca como tal en España fue Tiffanys, en Platja de Aro, que fue objeto de un atentado frustrado por parte de un anarquista catalán de dieciocho años. Este tío tenía la teoría de que las discotecas eran un aliado de la política aperturista del final del franquismo. El pobre era un visionario, pero un poco patán, porque llegó allí con dinamita y lo pilló el camarero; entonces saltó de la azotea y cuando se despertó estaba ya en comisaría con un consejo de guerra. Bueno pues, Ricardo Urgell, que entonces tenía un bar en Sitges, fue a Tiffanys y aquello le pareció un oasis. Así que se marchó a Sitges con la idea de tener una discoteca y terminó abriendo Pachá. Otra de las discotecas relevantes en España es Joy Eslava, cuyo propietario acabó adquiriendo el edificio del Teatro Barceló y negoció con Ricardo Urgell para crear la sede de Pachá en Madrid. La discoteca dejó de llamarse Pachá Madrid, pero la sigue llevando este empresario que es el que puso esa megabandera en la fachada. Antes de colocar la megabandera, se hizo viral un video en el que se ve cómo acaban las sesiones en Pachá con el himno nacional mientras la gente grita arriba España. Resulta que antes de que abriera Tiffanys, la primera discoteca en España, Falange gestionaba las salas de baile y terminaban sus sesiones con el himno nacional, con lo cual, se cierra el círculo. Y si además sabes que el dueño del Teatro Barceló es el cuñado actual de Felipe González, entonces ya lo tienes todo. Es como una especie de historia cíclica, desde el atentado frustrado de un anarquista, hasta el bucle que nos devuelve a la Falange pinchando el himno nacional. Sí, la historia de España está encriptada en la historia de las discotecas.

Te pedimos que trajeses a la entrevista algunas discos que te representaran como oyente. ¿Nos los presentas?

Como verás, soy muy poco rockandrollero. Mi gran tótem musical es Mina. También he traído un disco de una cantante japonesa a la que solo conozco por este LP de versiones de Brigitte Bardot; la banda sonora de la película The Duke of Burgundy, de Cat’s Eyes, que imitan a las bandas sonoras progresivas del cine de terror italiano de los sesenta; una opereta de Gilbert y Sullivan, El Mikado, una obra cumbre del teatro musical en la que Groucho Marx interpreta al personaje del verdugo; el Nightfly to Venus de Boney M, porque yo me formé con la música disco de los setenta y Orzowei, de Guido y Mauricio de Angelis, los Oliver Onions, que eran los compositores de las bandas sonoras de las películas de Terence Hill y Bud Spencer y que para mí, aunque estén muy mal vistas culturalmente, son un icono de la infancia.

¿Es posible acercarse a alguno de estos discos sin ironía?

No me gusta cuando la gente se aproxima a todo esto desde la ironía. Para mí Boney M, ABBA o Raffaella Carrà son importantes y no una cosa de verbena. Otro de los géneros que me gustan es lo que los americanos llaman canciones de broma o chorradas musicales. Por ejemplo, yo reivindico a Pepe da Rosa y su canción ‘Los cuatro detectives’: parte del paisaje de la cultura pop eran Kojac, Colombo, McCloud y Banacek, y él los inmortaliza en una canción; es un juego de pop posmoderno.

 Pero, ¿hasta qué punto se puede programar, si no es desde la ironía, a Raphael en un festival indie?

Cuando Alaska hace un dueto con Raphael o cuando Bumbury le escribe una canción, no veo ironía; creo que no hay mala intención y que se acercan a él de un modo natural. En la Movida, Gabinete Caligari o los cuadros de Ceesepe reivindicaron lo castizo. Y ya en la época del programa de televisión La Edad de Oro hubo un gesto rupturista cuando llevaron a Los Chunguitos. Así que cuando la gente se escandalizó porque el Primavera Sound programó a Los Chunguitos yo pensé: “¡pero si Paloma Chamorro lo hizo treinta años antes!” La megalomanía del intérprete me fascina, por eso me fascina Raphael, o Rocío Jurado desatada, porque son el puro barroquismo y el exceso. Eso no quita para que todos tengamos algún gusto embarazoso. En mi discoteca lo que más me avergonzaría que descubrierais es que tengo un disco de Juan Luis Guerra.

 ¿Cuál es tu primer recuerdo musical?

En mi familia no había un gusto musical muy desarrollado. Serrat sonaba mucho en casa, y también algún disco de La Trinca. Una de mis primeras fijaciones fue el casete With The Beatles, que me hizo descubrir todo un mundo. El ‘Yellow Submarine’, que estaba asociado a una película de animación, o el Sargent Pepper’s me gustaban. Las películas de los Beatles me volvían loco; Help! era divertidísima porque había de todo: persecuciones, humor absurdo, un culto oriental, la parodia del cine de espías. Ver aquellas películas sin subtítulos y que no me costara asimilarlas fue un impacto brutal.

 ¿Y en la adolescencia?

En mi adolescencia hubo un acontecimiento que me causó un gran impacto pedagógico y que en mi casa provocaba crisis semanales: la emisión de la Edad de Oro, el programa de Paloma Chamorro. La Edad de Oro me parecía el acontecimiento televisivo del siglo. Aun hoy es insólito un programa al que iban artistas internacionales como Tom Verlaine o grupos como Violent Femmes o Psychic TV. A mí, el concierto que me dejó deslumbrado, hasta el punto de construir una militancia entregada, fue el de los  Residents: el misterio sobre la identidad de sus miembros y su imaginario me fascinaban; actuaban con una especie de cabezas de ojo y hacían una música pop como de ciencia ficción. Era un momento también en que los discos de los Residents no estaban editados en España y solo podía acceder a ellos a través de tiendas de importación como Pan y Música, en el barrio de Gracia, o Discos Castelló, en la calle Tallers. Los Residents, además, me permitieron suplir la cultura musical que nunca tuve: en discos como Third Reich and Roll recogen toda la tradición del rock&roll de los cincuenta y la distorsionan. También fueron un filtro —un poco extremo, eso sí— para llegar a James Brown, Hank Williams o George Gershwin: cuando sacan el disco de homenaje a James Brown no solo escucho a los Residents, sino que también me compro Live at Apollo y flipo con la energía de James Brown, que a su vez me pone en contacto con la música negra, que no había escuchado en mi vida…

¿Qué músicos actuales suenan en tu casa?

Uno de los artistas pop españoles contemporáneos que me interesan es Parade, porque noto que ha escuchado a Vainica Doble, que ha escuchado a Sisa, a Pascal Comelade y que ha escuchado también a cantantes italianos, que lee mucha ciencia ficción y, en la manera en que esas cosas también me gustan a mí, me dan pie a pensar que es un señor con discurso propio.

¿Cómo llegaste a lo que ahora son dos de tus grandes pasiones, la música italiana y la francesa?

La música italiana a través de Mina. A Mina llego en un momento en el que ya se ha retirado y convertido en mito. Nadie sabe cuál es su aspecto físico y solo se comunica con sus fans sacando un disco doble al año. La primera vez que compré un disco de Mina lo hice por su portada. Son portadas enigmáticas en las que la imagen de Mina se transforma: hay veces que parece un cuadro renacentista, otras un cuadro de Picasso; todas son variaciones sobre el físico de una ‘megadiva’. Y a partir de ahí voy reconstruyendo su historia y descubro que es una mujer que empieza con el twist y el primer rock’n’roll. También descubro que no se puede hablar de Mina sin acercarse a Celentano, que es otro mito. Y a partir de ahí el mundo de la canción italiana es muy amplio: Battiatto, Paolo Conte, Lucio Batistti, Rito Gaetano, Gaber, Paty Bravo, Mia Martini, Loredana Bertè, también son nombres importantes para mí. En el caso de la música francesa fue la figura fundamental de Gainsbourgh, que es uno de esos talentos tentaculares que llegan a muchos sitios distintos. Descubrir a Gainsbourg fue la manera de llegar a Jane Birkin, a Isabella Adjani, a France Gall, a Françoise Hardy. Y a través de Gainsbourg también me empecé a interesar por el cantante intelectual francés, personificado en Jacques Dutronc.

“Spotify hace que tu círculo musical
sea cada vez más reducido”

 

En la actualidad, gracias a las plataformas digitales, disponemos de un acceso más fácil y económico a unos contenidos que antes solo podían disfrutar algunas élites, ¿cómo ves este cambio en la forma de consumir cultura?

En teoría sí que es más fácil llegar a todo, pero cada uno tiene que tomar la decisión de hasta qué punto se deja encerrar o explora fuera de estas plataformas. Me explico: el discurso en Spotify, en Amazon o en Netflix está dirigido al cliente. El que puntúa en Netflix no actúa como crítico cultural amateur que está recomendando, sino como un cliente enfadado. Spotify hace que mi círculo musical sea cada vez sea más reducido porque, por ejemplo, si estoy escuchando a cantantes italianas, solo me recomienda a cantantes italianas; además, lo hace de una manera aleatoria, en la que al lado de Mina aparece algo que no tiene nada que ver salvo por el hecho de que es una mujer y canta en italiano. De esta forma, Spotify termina acotando el círculo en que te mueves. Además, ahora mismo se publican, editan y estrenan tantos discos, libros y películas que ni siquiera se lo que hay: a veces me encuentro con que no tengo suficiente tiempo para conocer lo que me interesa. Y encima, sobre muchos de esos discos, películas o libros ni siquiera existe información…

En este contexto, ¿existe la libertad de elección?

Debería existir, pero te la tienes que ir construyendo tú mismo. Mira, la primera vez que viajé a Londres me encontré con esas tiendas de discos, las megastore, de Oxford Street. Recuerdo que al entrar en Virgin, HMV o en Tower Records, no solo te daba la impresión de que estaban todos los discos del mundo, sino que buscabas un disco, lo encontrabas y a su lado encontrabas una ficha que te decía: “si te gusta este disco, busca estos otros”. Ahí sufrí un cruce de cables porque había un disco de los Residents y en la ficha ponía: “si te gusta este disco, te recomendamos Smiley Smile de los Beach Boys”. Por entonces, yo a los Beach Boys los tenía codificados como unos pijos de playa que no tenían por qué interesarme. Pero lo que hacía al ver una pista de esas, en lugar de decir “¡cómo voy a escuchar a los Beach Boys si son unos pijos!”, era pensar “¿qué tendrán los Beach Boys que pueda conectar con los Residents?” Y entonces iba y lo escuchaba. Todos estos vínculos son más interesantes que los que te propone Spotify, que tienen más que ver con hábitos de consumo, con recomendaciones concéntricas propuestas por un algoritmo, que con encrucijadas culturales entre diferentes lenguajes.

¿Cuál es la función del crítico cultural en ese contexto de plataformas digitales, infinitud de contenidos y algoritmos prescriptores?

Intentar dar pistas, separar el grano de la paja. De todas formas, lo de la palabra prescriptor nunca me ha gustado porque parece que estés solo diciendo “lee esto” o “consume esto otro”. Creo que habría que favorecer la conversación cultural. En el ámbito de la crítica de cine estamos en un momento de cambio en el que suceden cosas importantes y no solo en las salas: hay películas que se estrenan solo en Netflix o en Filmin. Y la mayoría de los medios no han sabido reaccionar a eso. Por ejemplo, a mí en El País solo me piden que escriba de las películas que se estrenan en sala, y si se estrenan en otro punto de España que no es Madrid me ponen algún problema. Es un hábito adquirido por la manera en que circulaba la cultura hace años, pero ahora los tiempos están cambiando y los medios van a tener que reaccionar.

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