Manolo Fernández: “Parece que la Americana es el último reducto para que te hagan caso”

Hablamos con Manolo Fernández, pionero de la música de raíz norteamericana en la radio española y organizador Huercasa Country Festival

 

MARÍA F. CANET

Manolo Fernández es uno de los periodistas musicales más respetados de nuestro país. En 1973 se calzó las botas vaqueras para iniciar una aventura llamada Toma Uno, programa radiofónico con el que el próximo 24 de septiembre celebrará 45 años en antena, recorriendo las diferentes —e infinitas— carreteras de la música popular norteamericana. Con una trayectoria estrechamente vinculada a la radio, el periodista compagina su labor ante el micrófono del estudio 201 de Radio 3 con la coordinación artística del Huercasa Country Festival, que los próximos días 6, 7 y 8 de julio celebrará su quinta edición en la localidad segoviana de Riaza con artistas de la talla de John Hiatt, Jaime Wyatt o Steve Earle. Nos recibe con las botas puestas en su medio natural, la Casa de la Radio —dentro de los estudios de RTVE en Prado del Rey (Madrid)— para hablarnos de ese gran paraguas llamado Americana Music.

 

¿Cuál fue tu primer contacto con la música americana?

En el año 1965 con un EP que fue el primero que me pude comprar: Mr. Tambourine Man de los Byrds. Aquí no tenía distribución Columbia, el sello original, y se distribuía a partir del sello Discophon; era una distribución francesa, porque en la carátula el nombre del grupo aparecía como Les Byrds. Lo compré en el Corte Inglés de Preciados y me costó 25 pesetas de entonces. Yo había oído esa canción en el programa de radio Caravana Musical, de Ángel Álvarez, que fue el gran maestro. Recuerdo escuchar esa Rickenbacker y quedar aplastado, dije: “¡¿esto qué es?!”. Aún conservo ese EP.

 

Tu relación con la radio se remonta a la infancia, ¿qué representaba para ti en esos momentos?

Desde pequeño la radio ha sido un medio de comunicación con el exterior. La oía en la cocina de casa: mi madre tenía un bendito transistor y escuchábamos la radio siempre después de comer; era como un ritual: ella fregaba los platos y yo los secaba. En casa, además, éramos todo hombres, mi madre era la gran matriarca y para ella la radio era fundamental porque a través de la radio conocíamos mundo. Yo personalmente conocí mundo gracias al programa Caravana Musical, de Ángel Álvarez.

 

En aquellos años la radio era muy diferente a la que conocemos hoy en día…

Y escuchaba lo que sonaba en la radio, especialmente en la SER y Radio Nacional. Pero en 1960 se inaugura Caravana Musical y cambia todo. Empezamos a tener la opción de escuchar cosas que  ni te atrevías a pensar que pudieran existir.

 

Después de ese primer impacto que te causaron los Byrds comenzarías a investigar…

Claro, luego empiezas a picar porque quieres saber de dónde viene todo esto. Tuve la enorme suerte de coincidir con gente de mi barrio en programas que se hacían en directo en La Gran Vía, como El Gran Musical, que dirigía José María Íñigo. Allí, por ejemplo, vi en directo a los Easybeats. En esos programas coincidía con nuevos amigos con los que hablabas y te recomendabas música. En esos primeros momentos, para mí el sonido eran grupos como los Beatles y los Byrds, que además se retroalimentaban: en 1964, con la invasión británica, cambia todo y la música más enraizada se renueva, empieza a renovarse, para aberración de los sectores más conservadores, como ocurre siempre; los Beatles querían sonar como los Byrds —que eran unos músicos descomunales— y estos a su vez querían tener el look juvenil de los Beatles para ligar.

¿Cómo fueron tus inicios en la radio?

En 1972 tuve la enorme suerte de conocer a Julio Ruiz (Disco Grande, Radio 3) en el bar de la facultad de Ciencias de la Información. Julio me dijo que estaba trabajando en una radio, 99.5, que pasó a llamarse Popular FM. Me contó que había un programa diario que se llamaba Micro Abierto donde iban oyentes a pinchar temas. Quien coordinaba la emisora era Gonzalo García Pelayo, y el que dirigía ese programa era su hermano Javier, y allí fui. Presenté una canción y Gonzalo me dijo que mi voz le sonaba mucho a Ángel Álvarez, cosa que para mi era un honor. Me dieron un programa de verano que se llamaba Especial LP, donde lo único que había que hacer era presentar un LP, pincharlo entero y despedirlo. Ni pagaban ni nada de nada, pero te ibas metiendo en el ambiente. Llegó el año 1973 y nos enteramos de que Radio España estaba buscando gente para hacer programas. Me presenté allí con Montse Domènech, que también trabajaba en Popular FM, y un oyente de Popular FM, Carlos Finali, que hablaba muy bien inglés y que luego tuvo un recorrido radiofónico. Hicieron una especie de casting y nos cogieron a los tres. En esos momentos el jefe de Radio España era José Ramón Pardo, que estaba a punto de jubilarse. Hay que tener en cuenta que aún vivía Franco y eso lo sufríamos: nos cortaban las emisiones, nos rayaban los discos con una tijera para no pincharlos, había censura previa… Era difícil hacer radio.

 

Y es en ese momento en el que arranca Toma Uno

El 24 de septiembre de 1973 empezamos Toma Uno y Toma Dos. Nos dieron dos horas para los tres. Toma Uno era, por así decirlo, la parte blanca y Toma Dos la parte negra. Toma Uno estaba muy influido por mí, Toma Dos por Carlos Finali y Montse equilibraba. Íbamos de ocho a diez de la noche. En diciembre, al mismo tiempo que se inauguraba Onda 2,  recibimos la llamada del jefe de programas de Popular FM que nos propuso trabajar allí. Carlos se quedó en Onda 2 y Montse y yo volvimos a Popular FM, yo ya con Toma Uno y ella con su propio programa.

 

¿En esos primeros momentos tuviste claro que el programa iba a tratar exclusivamente de música americana?

Sí, además decíamos “Toma Uno y todo lo que huele a vaca”. La música americana como concepto, más o menos enraizada, pero americana. En Popular FM tuve varios programas, uno de ellos, en fin de semana, se llamaba La Apisonadora: Rock and Roll por una hora y era música de los 70 a todo trapo: Graham Parker, Nick Lowe, Elvis Costello… todas las bandas de la New Wave británica y americana. Pero siempre he tenido claro que la americana es la música que me emociona. En el 1973 los Eagles habían sacado su primer disco y ‘Take It Easy’ fue la primera canción que sonó en Toma Uno; me pasó como con los Byrds: me cambió la vida. Después empiezas a preguntarte qué dicen estas canciones: oyes hablar de gente, de paisajes y quería estar ahí. Así que me dije “por lo menos quiero vivir aquí una realidad virtual; me voy a inventar mi propio mundo”. Eso es lo que yo quería transmitir a la gente.

Frente al estereotipo del country como música de un pueblo generalmente conservador, como el sureño, últimamente están surgiendo nuevos artistas como Margo Price o Jason Isbell que no tienen reparo en criticar la situación social y política actual, ¿qué opinas de este fenómeno?

Siempre digo que Estados Unidos es otro planeta. Tengamos en cuenta que es una enorme amalgama de civilizaciones y culturas, y en eso me recuerda mucho a España: a nosotros nos ha llegado todo el mundo en siglos y a ellos en 250 años y cada cual (franceses, ingleses, africanos…) dejó algo. También, por su extensión geográfica, se conforman guetos musicales que son provincias y luego estados. Hace veinte años había gente joven que no habían salido de su pueblo. Recuerdo una chica que tenía un Honky Tonk (bar musical típico del sur de Estados Unidos) en Los Ángeles y no había salido de allí, no conocía San Francisco, San Diego…. Eso te hace ser muy introspectivo y muy defensor de lo tuyo porque es lo único que conoces. Ahora es diferente, la gente ha abierto la mente. Han conocido otras culturas (europeas, asiáticas, africanas) y es otra cosa. Empiezan a darse cuenta de cómo son las cosas realmente, de que tienen la capacidad de criticar. De hecho, los grandes cantautores de Estados Unidos son gente que da menos importancia al envoltorio, a la música, y más al contenido literario, a las letras.

 

En ese sentido, la americana es un estilo que se caracteriza por contar la historia de una sociedad, es casi como un testimonio…

Tiene su origen en los sesenta en el Greenwich Village de Nueva York o en el club Troubadour de Los Ángeles. Por ejemplo, James Taylor, en el inicio de su carrera, cuenta la cotidianeidad, su propia vida… escuchas obras de arte como ‘Fire And Rain’, donde habla de su tratamiento de choque para rehabilitarse. Obviamente toca fantásticamente, pero lo que importa es la letra. También ocurrió con Dylan, contando historias de su gran maestro, Woody Guthrie, y de los intelectuales con los que se juntaba. Al mismo tiempo, la industria quería vender discos y el envoltorio, la música, era fundamental. Ahora todo eso se ha unificado mucho más: te encuentras a Jason Isbell con un pedazo de banda como los 400 Unit que son capaces de envolver una crítica social muy potente en una música espectacular. Pero antes también lo hicieron Buffalo Springfield y Neil Young en canciones como ‘Ohio’, ‘Southern Man o ‘Alabama’. En el country ese equilibrio vino de la mano de mujeres como Loretta Lynn y Tammy Wynnette.

 

Mujeres que también sufrieron esa discriminación…

Sí, ellas hicieron especial hincapié en la discriminación femenina. Ahora es más fácil, han llegado a la conclusión de que van a contar lo que les da la gana, lo que ven. Aunque hay gente como Willie Nelson que lo ha hecho toda su vida. Incluso en los años 90, con el resurgimiento de la industria del country, aprovecharon para contar eso. Por ejemplo, Garth Brooks, del que dijeron que habían matado al country, también hablaba de la discriminación racial y de género.

 

Formas parte del equipo del Huercasa Country Festival, que la semana que viene celebrará su quinta edición: ¿cuál es el objetivo de un festival como este?

La idea ha sido llamar la atención sobre un híbrido llamado americana que pervive desde los años 20 con otro concepto y otro sonidos, pero que al fin y al cabo es un enorme paraguas donde se refugian estilos básicos. Huercasa es un festival anual que se hace el primer fin de semana de julio. Es un festival pequeño, que tiene sus limitaciones y que no sería fácil funcionara con ese mismo formato y en ese lugar con una mayor duración o con más bandas.

 

Es de esa limitación de donde surgen las Huercasa Nights…

Claro, dijimos: “¿qué hacemos durante el resto del año?”. Para ir caldeando el ambiente nos inventamos las Huercasa Nights y decidimos apostar por la gente que hace este tipo de música en España (lo que llamamos Americaña). Es un tremendo esfuerzo. Para las Huercasa Nights hacemos acuerdos, colaboraciones… la idea es que la americana cobre importancia y que la gente que se dedica esto aquí tenga referencias.

 

Últimamente parece que asistimos a un auge de la americana en España. Hay una generación de músicos jóvenes (Nat Simons, Virginia Maestro, Joana Serrat, Red Beard) que ha surgido con fuerza en estos últimos años y apuestan por este género…

Los máximos referentes de la música americana ahora mismo son muy jóvenes: Margo Price, Eilen Jewell, Nikki Lane, Colter Wall… Muchos de ellos tienen ya varios discos. Por otro lado, también pediría que no todo el mundo se apunte al caballo ganador; parece como que la americana es el último reducto para ver si te hacen caso, igual que en su momento lo fue el indie: ahora todo el mundo hace americana y no, hay que tener un filtro. Nadie está capacitado para dar el certificado de autenticidad de nada, para empezar porque la americana no es pura, no es auténtica, y por eso funciona, pero no te agarres a algo que no quieras hacer.

En el Huercasa también tratáis de transmitir un estilo de vida a través de la comida o actividades como el Country Line Dance

La idea es transportarte a un pueblo del oeste. Riaza es una localidad de 2.500 personas y de repente, durante ese fin de semana, son 15.000 personas, todos con sus botas, sus sombreros… Por otro lado la música se hizo para bailar y por eso este año hemos potenciado el Country Line Dance en la plaza mayor, para interactuar con los habitantes de Riaza de forma natural, a través del baile.

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