Niño de Elche: “La vorágine actual dificulta escuchar nuestro pasado”

Tras revolucionar el mundo del flamenco con sus mezclas sin prejuicios, Niño de Elche publica Antología del Cante Flamenco Heterodoxo. El músico reflexiona sobre política, tecnología y el valor de la infancia

 

TONI CASTANARDO 

Hace tres años Niño de Elche desbarató todos los esquemas del flamenco con su debut, Voces del extremo, donde con espectacular arrojo acomodó el cante con  el jazz, el rock o la electrónica chill out. Tras otro proyecto rompedor junto con el grupo Toundra, conocido como Exquirla, regresa este año con Antología del Cante Flamenco Heterodoxo (Sony Music, 2018), otro disco notable y otro paso de una evolución intachable. El encuentro con Free Rockin’ tiene lugar en Barcelona. El músico es un conversador nato y charla de muchas cosas; arte, música, política, temas sociales, tecnología… pero es sobre la infancia donde más se detiene. A su manera, a su estilo, con sus teorías, Niño de Elche sólo hay uno.

 

Has estado varios días en Barcelona. En un acto, ponías discos de la antología flamenca y los comentabas. ¿Qué tal la experiencia?

Sí, un día hice una charla y otro un taller. Después aproveché para reuniones que tenía de cara a otros proyectos. Pinché menos de lo que hubiese querido, pero bien: fue muy divertido.

¿La gente interactuaba?

Yo empezaba pinchando un texto sobre la máquina y el flamenco y después empezaba a pinchar temas referenciales, eran como bloquecitos. Luego les contaba mis peripecias.

Este disco para mucha gente es como una enciclopedia, una especie de diccionario. Lo abres e inmediatamente empiezas a descubrir. Permite conocer mejor la historia del flamenco desde una visión como la tuya, que va más allá, que no es la prototípica…

Diríamos que es un archivo más que un diccionario, que suena como muy cerrado. En lugar de crear canon, pretende todo lo contrario: abrir el canon; a mí me gusta decir: en vez de sentar cátedra, abrir cátedra. Tiene muchas líneas, ya que no es una antología que trabajé de un modo lineal. Cada tema tiene muchos estratos y lo que hacemos es que cada cual pueda guiarse por un estrato o por otro.

¿Pudiste vivir Sant Jordi en las calles de Barcelona?    

Hice un par de grabaciones para un proyecto para un museo y después me daban un premio. También estaba la cena del evento. Tuve una horita para pasear. Cogí el metro y acabé en Plaza Cataluña. Había mucha gente, quizás demasiada, pero me gustó el ambiente que había. Me pareció maravilloso que una ciudad así se llene de puestos con libros y con flores. Es algo muy lírico.

Es una fiesta muy del pueblo, de la gente, aunque los políticos también se quieren apropiar de ella, y más con lo que ha sucedido aquí en los últimos tiempos.

Vi gente que de un lado y de otro intentaban hacerlo suyo, decían algo así, como que Sant Jordi siempre será nuestro. Al final, lo importante es que la gente siempre supera las expectativas de los políticos. Por eso los políticos no le dan el poder a la gente. Y sí, me gustó ver aquello, aunque sea por consumismo, que compren libros y flores, pero me parece un consumismo más sano.

También es una fiesta para los más pequeños. Se intenta inculcar el valor de un día como éste. Y por otro lado, ¿no crees que antes éramos menos manipulables? ¿Más libres?

En el sentido social, un niño no es libre, el paternalismo concreta mucho la acción del niño, y la concepción de la familia también. Pero ahí se da la paradoja de que la familia es necesaria para acotar la experiencia vital de la infancia. Si bien ese coto te puede dar un sentido de libertad, no es tanto una zona sino cómo organizas esa zona. ¿Cómo se estructuran los estratos diferenciadores de la infancia? Ahí es dónde está la complejidad, por eso la infancia siempre es un tema eterno. De hecho yo ya he hecho cuatro trabajos sobre la infancia. No con niños, sino sobre la infancia. La reflexión sobre la infancia muchas veces te viene cuando ya eres mayor y está muy condicionada por el transitar de tu vida, muy manchada por la experiencia. No me gusta utilizar la palabra libertad en este tema. Creo que los niños solo tienen esa libertad natural durante los primeros meses.

Incluso salvaje, ¿no?

Es que la sociedad al final te va condicionando hacía una línea. Vas encaminado sobre el género, sobre la política, sobre el gesto, sobre la acción, sobre la mirada, sobre los colores, sobre el gusto. Todo eso lo van condicionando las diferentes culturas y los anhelos de los mayores. En ese desarrollo hay una libertad que nos pueden otorgar la tecnología y lo químico.

¿Cómo hubiese sido nuestra infancia de tener esos medios que tienen ahora?

Mejor, seguro. Yo soy pro tecnología. En términos generales, ya que estamos generalizando mucho, creo que Internet otorga la conciencia de la responsabilidad.

Responsabilidad o irresponsabilidad, también según se mire.

Todo eso es positivo para mí. Lo otorga Internet, lo otorga la droga, lo otorga la experiencia… el problema de la infancia es si tú no le otorgas responsabilidad y experiencia al niño, ahí es donde para mí está la tragedia.

Antes estábamos más carentes de experiencia, había menos estímulos, o simplemente eran más básicos.

Bueno, había otro tipo de experiencias, pero muy controladas: ir a jugar al fútbol, la consola…

Teníamos menos cosas a nuestro alcance, bajar al parque a jugar y, si tenías la posibilidad en verano, ir a la piscina de al lado de casa.

Yo no contrapongo la experiencia tecnológica con la física, porque la experiencia tecnológica nos otorga más experiencia física de lo que nos pensamos. Quien opine lo contrario creo que está prejuzgando.

La información es importante, y nosotros mucha no teníamos.

Exactamente, información es conocimiento. Hay gente que lo focaliza todo en Internet, y por lo tanto, la estamos cagando también.

Es como todo, la clave está en el equilibrio.

Eso es, así lo entiendo yo.

De hecho, hace poco leí una entrevista al escritor Hernán Migoya en qué decía que no nos engañáramos, que las nuevas generaciones están mucho más preparadas que la nuestra. ¿También lo crees?

En general, yo creo que sí. También es cierto, que nosotros vivimos un poco en una burbuja porque me relaciono con gente más joven pero en el ámbito del arte. Entonces, si salgo de esa burbuja, puedo pensar todo lo contrario.

Internet te otorga inquietud, cuantas más herramientas tienes mejor. En mi caso, sólo diferencio a las personas entre las que son inquietas y las que no. Ni estatus social, ni raza, ni nada.  

Yo tengo esa misma opinión. Hace dos días lo hablaba con un amigo. Ese es un gran baremo.

Nuestros padres tenían menos herramientas para potenciar esa inquietud. Era hasta lógico.

Puede ser. Había gente que escuchaba muchos discos, las bibliotecas con sus libros… pero claro, es que Internet revoluciona todo eso, más aún cuando lo hace más accesible y requiere menos esfuerzo, entre comillas. O al menos a priori.

Otra cosa es la nostalgia, por ejemplo cuando vemos esos programas de televisión que nos retrotraen a una época, a veces se vende como si aquello fuese mejor o más auténtico que lo de ahora. Y al final, simplemente son recuerdos de una etapa.

Cuando se hace la comparativa de las cosas, lo mejor es ir a cuestiones materiales. Es lo único que se puede demostrar, los anhelos y las ilusiones pertenecen a cada cual. Cuando se dice que antes se vivía mejor que ahora, habría que ir a números, a las instituciones, a la estadística.

En tu caso, ¿tienes muy presente la infancia o son sólo puntos?

Puntos. Es un ejercicio más de posicionarme o recordar la infancia, como cuando escribí el libro No comparto los postres. Lo hago como a fogonazos, no podría escribir mi vida de forma lineal, me cuesta mucho. Esta gente que dice, “oye, en 1998 hicimos aquello, fuimos a no sé qué”, yo no soy capaz.

No eres de recordar datos o hechos concretos e imagino que tampoco lo procuras.

Muy poco. Esta idea de la experiencia, que haces una cosa y pasas luego a otra. Me pasa por ejemplo con los discos.

Es que las etapas, como dice la palabra, son etapas. Es hasta innecesario volver a ellas. Yo recuerdo la película del oeste el sábado por la tarde o los partidos de rugby del Cinco Naciones, pero no era trascendente. Y tú como artista, en todos los proyectos que te has involucrado, y en los que no puedes por falta de tiempo, es imposible tenerlo todo tan presente.

Es que no da tiempo a todo, ¡es una locura! Y en cuanto a los recuerdos, los que archivas es porque son los importantes. Ahí la memoria es un buen filtro.

Y este disco, esta antología, ¿te ha transportado de alguna manera a tu infancia? 

No ha habido nada que me haya llevado a mi infancia. El problema ahora mismo es la vorágine, que te dificulta la escucha de tu pasado. Yo me escucho más cuando escribo. Entonces sé navegar más por el pasado. Y cuando canto es que es algo que ya va en mi cuerpo.

Yo no he escrito novela, es una cuenta pendiente, pero imagino que muchos escritores tiran del pasado, de las experiencias vividas, y así hasta hilar una historia.

Hay una parte reflexiva que mola, que ayuda.

¿Más reflexivo que la música?

En primera instancia sí. Creo que sí.

La música es más visceral, tiene un mensaje más directo.

Un poquito más, pero no te creas. Tampoco tanto. La escritura se basa en el lenguaje y tiene otra estructura. La música se puede trabajar desde el sonido, pero depende mucho de la técnica que utilices.

Hablando de escritura, la poesía siempre ha ido muy ligada al flamenco, ¿cómo percibías tú de niño ese tipo de escritura que nos enseñaban en las escuelas? A mí me parecía un mundo muy surrealista, nos explicaban algo que casi ni entendíamos.

Yo suspendí Lengua y Literatura.

¿No te gustaba?

La verdad es que no me acuerdo que nos hacían leer, pero recuerdo que no leía nada, yo empecé a estudiar cuando salí del colegio y empecé a devorar libros.

A veces el tema está en lo que te imponen y lo que no.

Sí escuchaba música, pero después me junté con dos personas mayores que yo y ellos me fueron pasando cosas. Ahí fue.

Entonces, empezaste a estudiar cuando ya no te obligaban.

Como decía el maestro Medina, “las universidades esos lugares donde se enseña para no aprender nada”.

Es que parece que si no ibas a la universidad, te lo estabas perdiendo todo.

Eso es como lo de la mili. Todo ello es experiencia, con cosas buenas y otras no tan buenas.

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