Pablo Galiano: llegó el momento de brillar

Repasamos La Aurora, el tercer álbum del músico madrileño

 

MARÍA F.CANET

Cuenta la leyenda que en la hora de las brujas, a partir de la medianoche, las criaturas mágicas y tenebrosas salen de sus cuevas y la magia negra es más eficaz. La oscuridad de la noche es cómplice de secretos, romances, traiciones y decepciones, pero la nocturnidad vence cuando emana una luz rosácea en el horizonte, anunciando dulcemente la salida del sol: la aurora. Como buen animal nocturno, a Pablo Galiano (Madrid, 1977) la primera luz del día le ha pillado más de una vez por sorpresa, disfrutando aún de los últimos coletazos de la madrugada. Sin embargo, con su nuevo disco, La Aurora, parece haberse dejado seducir por ese destello rosáceo.

Producido por Toni Brunet (Carmen Boza, Rebeca Jiménez, Jorge Marazu) y con la participación de Héctor Rojo (bajo y contrabajo) y Jorge García (batería), el tercer álbum del músico madrileño —le preceden La noche es ahora tu casa (2011) y La ciudad devora los pájaros (2013)— desprende esencia fronteriza conjugada con la potencia de un sonido discípulo de clásicos como ZZ Top o Led Zeppelin.  Galiano, músico aventajado de la escena madrileña fraguada en la Alameda de Osuna (barrio que en las últimas décadas ha visto nacer a algunas de las bandas más importantes del rock patrio como Buenas Noches Rose, Le Punk, Pereza, o la más reciente Sidecars) se ha enfundado las botas de serpiente para llevar de la mano al oyente por los rincones más canallas de la ciudad.

El primer corte del álbum, ‘El cofre del muerto’, nos adentra en la liturgia nocturna de misterio y bares clandestinos nunca faltos de ron a través de un arpegio que bien podría sonar en la próxima película de Tarantino. La noche como perfecto cobijo de los amantes queda retratada en ‘Caminaré hacia tu madrugada’, una preciosa balada acústica que es una oda al reencuentro de dos amantes en la madrugada de algún motel de carretera secundaria. La dulzura de ‘Como no te voy a besar’ —con un riff inicial heredero de Led Zeppelin— queda contrarrestada con el sonido sucio y eléctrico de ‘Chica de Malasaña’, próxima al rockabilly, que narra un encuentro pasional en un portal del centro de la capital. El rock clásico pervive en la stoniana ‘Alguien viene’, con guiño a Chuck Berry mediante el grito “Hail! Hail! Rock and Roll!”.

En el medio tiempo ‘Tal vez,’ Galiano reclama una última oportunidad con su voz áspera mientras es acompañado por coros góspel y un luminoso Hammond. ‘La aurora’ -—donde se desgrana la llegada del día tras una noche intensa— crece mediante contundentes guitarras, teclados y percusión, que desprenden polvo de algún desierto.

Destacados ejercicios sureños son ‘Me perdió el demonio’, con teclados y guitarras con fuerte reminiscencia a los Allman Brothers, o ‘Cecilia’, donde el canto desgarrado de Galiano se acompaña por un banjo y una mandolina. ‘Perro’ es el broche final del disco, donde el músico reflexiona sobre sí mismo acompañado únicamente por una guitarra, mientras coquetea con la ranchera.

Con su reinterpretación de los sonidos clásicos de fuerte impronta americana y su personal canto, entre el desgarro y el susurro —a veces llegando al recitado— Pablo Galiano demuestra que, como buena creatura nocturna, es un talento que ha permanecido a la sombra. La luz de su particular aurora se cierne ahora sobre él: llegó su momento para brillar.

 

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