Dont' be afraid, el renacer de Chris Stills

El músico norteamericano regresa tras doce años de ausencia con Dont’ be afraid, una colección de canciones donde aborda los miedos humanos a través de diversos estilos

 

MARÍA F. CANET

El temor a empezar de nuevo es algo frecuente en el ser humano. Perder estabilidad, ver como tus puntos de referencia se borran en el horizonte y enfrentarse a lo desconocido siempre asusta. Sin embargo, el instinto de supervivencia está en el ADN humano, facilitando la salida del pozo, experiencia que muchos logran transformar en algo positivo, incluso en arte. Este es el caso de Chris Stills (Colorado, 1974), quién tras doce años de ausencia regresa con Don’t be afraid, su tercer disco, nacido a raíz de su divorcio y los cambios que esto ha provocado en su vida. Hijo del mítico Stephen Stills (Crosby, Stills & Nash) y de la cantante francesa Véronique Sanson, el músico ha regresado a Los Ángeles después de años residiendo en Francia, donde vivió en primera persona los atentados perpetrados por el Estado Islámico en enero de 2015. Este miedo de la sociedad, ligado al temor que ha supuesto la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos y su situación personal, han dado lugar a una colección de once canciones que abordan la oscuridad de la existencia, pero dejando siempre un aliento esperanzador.

‘This Summer Love’, tema que abre el disco, traslada al oyente a alguna playa de California donde el verano se escapa como arena entre los dedos gracias a violines que evocan un sonido setentero propio de Harry Nilsson o Gilber O’ Sullivan. La esperanza de volver a encontrar el amor se mantiene en ‘In love again’, que comienza suavemente con un aire místico propiciado por el piano y un pedal steel, para sorprender con un potente in crescendo marcado por la batería y un solo de guitarra mientras el cantante proclama a los cuatro vientos que se ha vuelto a enamorar.

La soledad y el dolor también quedan retratados en piezas como la compleja ‘Lonely Nights’, de marcado carácter orquestal, que muestra la capacidad compositiva de Stills, con varios cambios de ritmo y un final con una apoteósica sección de cuerdas, mientras ‘In the meantime’ es un desgarrado lamento acústico ante la ausencia. El músico combina su lado más melódico con el pop-rock en ‘Don’t be afraid’ donde piano y guitarra se conjuran para ofrecer una atmósfera psicodélica y las armonías vocales emulan a Queen. El componente rockero llega de la mano de la enérgica ‘Criminal mind’, tema que Chris Stills compuso junto a su amigo Ryan Adams, quién deja su inconfundible sello de guitarras atronadoras, o ‘Blame game’ más eléctrica y con claros aires a ZZ Top, idónea banda sonora para una persecución motera en carretera.

Irremediablemente, el músico no renuncia a sus genes americanos, sacando su lado más country en ‘Hellfire Baby Jane’, donde el diálogo entre salvajes guitarras fronterizas y una potente percusión podría acompañar a un forajido que deambula por algún desierto con sus botas polvorientas, o en ‘The Weekend’, de base acústica y  voces al más puro estilo Crosby Stills & Nash.

Su lado más dulce queda retratado en ‘Daddy’s girl’ una nana acústica donde aborda sus miedos como padre que ve a sus hijas crecer o ‘Leaving you behind’ donde da prueba de su amplio registro vocal.

En definitiva, Don’t be afraid es una colección de once canciones que van desde la intimidad de lo acústico a la fuerza de lo eléctrico, mezclando influencias para romper barreras estilísticas y ofrecer una nueva visión de lo clásico. Chris Stills da buena cuenta de su capacidad compositiva y su amplio registro vocal, demostrando que el atributo “hijo de” se le queda pequeño y merece ser tratado como el gran músico que es. Un disco que es ante todo un acto de honestidad desde la vulnerabilidad y la capacidad de lucha del ser humano, logrando sacar arte de sus miedos para superarlos. Porque siempre hay luz al final del túnel.

 

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