La cápsula del tiempo de Lucille Furs

Lucille Furs

El quinteto americano publica su segundo LP, ‘Another Land’, en el que bucean por los sonidos de la psicodelia y el garaje de finales de los 60

 

MARÍA F. CANET

 

Amueblar una casa recién construida con los enseres de tus abuelos viene a ser algo parecido a crear una cápsula del tiempo; ahí fuera en las calles el futuro se apodera del asfalto, se emplazan franquicias donde un día hubo bares de barrio, se construyen edificios abstractos, se paga sin necesidad de llevar dinero o la tarjeta encima, pero luego, regresas a la intimidad de tus cuatro paredes y parece que los 60 y 70 permanecen allí secuestrados. Algo parecido ha ocurrido con Lucille Furs. La banda de Chicago ha armado su nuevo hogar, Another Land (Requiem Pour un Twister, 2019) con la esencia del pop-rock psicodélico de finales de los 60’s. Aunque nacieron en la ciudad del blues, el cuarteto —coetáneo a Tame Impala y cercano a Temples, Triptides, Morgan Delt o The Paperhead— ha querido realizar una declaración de intenciones con el título de su segundo álbum, en el que proponen un colorido y rico viaje en el tiempo a las playas de California, pero también a los oscuros sótanos de Inglaterra, para crear así un universo propio.

El elepé arranca con ‘Another Land’, tema que rememora el inicio del ‘Come Together’ de los Beatles con un tándem batería-bajo, para luego acelerar animado por guitarras eléctricas y sintetizadores que emulan el sonido del viento mientras la voz de Trevor Pritchett se sumerge en la melodía. Un sonido más circense y barroco llega de la mano de ‘Leave it as you Found It’, en la que se cuela una guitarra española.

La psicodelia americana de guitarras envolventes que galopan sobre órganos aparece en cortes como ‘First, Do No Harm’, pura esencia Byrds mezclada con armonías vocales muy primeros Beatles. La esencia nocturna de Los Ángeles se percibe sobre ‘The 34th Floor’, que mediante el Hammond y la voz lisérgica de Pritchett evoca a los Doors. La sombra de Marc Bolan y T. Rex se alarga en ‘Paint Euphrosyne Blue’, corte glam de guitarras pegajosas que invita a maquillarse con purpurina y colocarse una boa al cuello, mientras teclados decimonónicos se encuentran con el ruido de un coche al pasar.

En el medio tiempo ‘Sooner tan Later’, aderezado con una dulce flauta, la banda pone la vista en Reino Unido y grupos actuales como Arctic Monkeys gracias a la potente unión de guitarra-batería que da lugar a un sonido enlatado. Piezas como ‘Karaoke Trials’ o ‘Transmitting from the Blind Guard’ hacen mantener los pies en el suelo de algún sucio garaje inglés con ecos a los Pretty Things o los Zombies. Pero la mezcla de psicodelia y garaje llega a su culmen con ‘All Flowers Before Her’, canción que, por la melodía de un torbellino de guitarras suciamente afiladas, como por la manera de cantar del líder del grupo, bien podrían haber interpretado Ray Davies y los Kinks.

Si ‘Eventually’, desprende un aire pop más cercano a los Hollies, a través de sus guitarras surferas al más puro estilo del desaparecido Dick Dale, ‘Madre de Exiliados’ salpica la sal de las olas californianas aderezadas con un Hammond muy al estilo Ray Manzarek. La atmósfera lisérgica reaparece en ‘Almond Bees’, tema lento que cautiva con la hipnótica forma de cantar de Pritchett y que sorprende con un in crescendo final, mientras ‘No Words in English’, corte que cierra el disco, es un claro guiño al ‘Dead Flowers’ de los Rolling Stones.

Trevor Pritchett, Constantine Hastails, Patrick  Tsotsos, Nick Dehmlow y Brendan Peleozar han creado su propio país. Un camino poco transitado en la actualidad, pero que antaño fue la norma. Un hogar que han construido con los materiales de sus abuelos (Beatles, Kinks, Zombies) y que se ha convertido en una cápsula en el tiempo.

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