De revoluciones y nostalgias

“¿Para qué coño necesito ocupar todo este espacio en casa si todo esto lo tengo al alcance de mi mano a través del streaming?”

 

JOSÉ MANUEL SEBASTIAN

Se está produciendo una revolución, aunque no creo que esté al nivel de la invención del fonógrafo en los estertores finales del siglo XIX. Lo que está claro es que estamos ante el cambio más radical en el consumo de la música desde entonces. Me refiero al streaming, que dobla sus cifras todos los años en esta segunda mitad de la segunda década del siglo XXI. Eso de ahorrar para comprarse un CD, o un vinilo o una casette, no tiene sentido en los tiempos que corren. No creo que mucha gente menor de 35 años esté ya acostumbrada a esa relación con la música.

Hace un año me gasté cerca de 2.000 euros en una carpintero que me hizo unas estanterías a medida para que pudiera alojar mi discoteca, tras años de destierro en cajas de mudanza por circunstancias vitales que no vienen a cuento ahora. Cuando terminé de poner todos los cedés y vinilos en su sitio me sentí genial… durante unos minutos. Poco a poco empezó a apoderarse de mi una sensación rara. Estaba recuperando muchos discos estupendos que había olvidado que tenía porque estaban en lugares recónditos acumulando polvo. Debería estar dando saltos de alegría, ¿no? Pues no. En lugar de eso tuve una especie de epifanía que se resume en esta pregunta: “¿Para qué coño necesito ocupar todo este espacio en casa si todo esto lo tengo al alcance de mi mano a través del streaming?” Pues coño, es verdad. De hecho, en el prolongado tiempo en el que no tuve acceso a mis discos así escuchaba música, a través del puto Youtube, como si fuera un chaval de 16 años.

 

“Cuando yo tenía pelo y no había cumplido aún los 20, el sonido de los bolos era muy alto, la peña iba a desparramar”

 

Al final, me di cuenta de que no era un adolescente, que lo había sido (en el siglo pasado) y que entonces me pasaba horas enteras en las tiendas de discos decidiendo qué único vinilo me llevaría esa tarde por las escasas mil pelas que tenía disponibles a tal efecto. Tenía que fijarme en todo tipo de detalles: tuve que ser muy crítico y un comprador muy concienzudo para no tirar a la basura ese talego* cada vez que lo tenía porque podría ser el último en mucho tiempo. Así me hice un aficionado a la música, de una manera distinta a como se hace hoy en día. La de ahora no es mejor, eso seguro, ni tampoco peor, pero no es mi manera. Es a los 16 años cuando te haces musiquero y lo que aprendes entonces ya no puedes ni quieres olvidarlo. No me siento superior ni inferior, solo como Brian Wilson cantó hace mucho tiempo, antes incluso de que yo naciera, ‘I just wasn’t made for these times’.

No obstante, este viejo carcamal puede entender los modos y maneras de la actualidad**. De hecho los practica, si es necesario, como ya ha quedado consignado. Y sin embargo, hay una cosa, una sola puta cosa, que no pillo. Y ni siquiera me había dado cuenta hasta que fui al concierto de Lori Meyers en Madrid el sábado 29 de diciembre de 2018 en el WiZink Center, antiguo Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. No voy a hablar de la banda granadina porque, aunque no soy seguidor, siento por ella un enorme respeto. De lo que voy a hablar es del público, porque tiene un estilo de “consumir” música en vivo raro, raro, raro de cojones.

Permitidme que vuelva, una vez más, al siglo XX: estamos en 1989, es jueves 2 de noviembre y en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid, el futuro WiZink Center, toca Paul McCartney, que acaba de sacar el excelente Flowers In The Dirt (1989). Quiso el destino que la localidad que compré para ver ese bolo, uno de los primeros de mi vida, fuera en un grada, justo al lado contrario de donde está el escenario. Es un sitio muy parecido al que, tres décadas después, me toca para ver a Lori Meyers.  Juraría que es exactamente el mismo. Eso dispara mis recuerdos y, por supuesto, las odiosas y justas comparaciones. Con los Lori apenas cantan las primeras filas, casi nadie salta y cuando se le pide al público que enciendan sus móviles como luciérnagas apenas lo hace un 10%. Ojo, aquí todo el mundo se lo está pasando bien y son muy fans del grupo, no cabe duda. Pero su comportamiento es un poco más frío, un poco más circunspecto, de lo que yo estoy acostumbrado, de lo que vi aquella tarde de otoño de finales de los 80 con un Paul tocando un repertorio en el que, por primera vez, acometía temas en directo de los Beatles que jamás habían sido interpretadas sobre un escenario como “Let It Be” o “The Long And Winding Road”.

En ese bolo la gente no cantaba, el nivel de inglés entonces era patético, pero sí gritaba y saltaba. Todos los hacíamos, los que veían a Paul a escasos metros de distancia y los que tuvimos que conformarnos con mirar el concierto desde la lejanía. Este contraste me hizo reflexionar. El gran cambio no está en el streaming, está en los conciertos. Ahora se va a otra cosa, parece una manera de disfrutar de la experiencia un poco individualista, casi autista, muy propia de los tiempos que corren. Cuando yo tenía pelo y no había cumplido aún los veinte, el sonido de los bolos era muy alto, la peña iba a desparramar, aunque no conociera al grupo, y siempre hacías algún amigo o alguna amiga. Claro que tampoco había móviles, ni Internet, ni 57 canales de televisión, ni Facebook, ni Instagram, ni Twitter.

 

* 1 talego eran mil pesetas
** Buscando información sobre el concierto de Paul para este texto he dado con un youtubazo del bolo entero, con un sonido y una imagen infame, eso sí. He flipado.
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