Springsteen on Broadway: el fraude de la clase trabajadora

Bruce Springsteen no sabía conducir un coche, aunque presumiera de ello en sus canciones, pero sí supo conducir nuestros sueños

 

PABLO CRUZ

Cantaba John Lennon que había que ser un héroe de la clase trabajadora —‘Working Class Hero’— y Bruce Springsteen hizo de ello un propósito durante gran parte de su trayectoria: una vida cantando sobre lo duro que era ser un obrero o quedarte sin curro, para ahora desvelarnos que todo era un fraude; que el tío que había escrito ‘Factory’ ni había pisado nunca el interior de una fábrica ni tan siquiera tenía carnet de conducir cuando escribió ‘Racing in the Streets’. Así lo cuenta en este nuevo hito en su carrera que han supuesto las 236 actuaciones llevadas a cabo en el Walter Kerr Theater de Nueva York, desde octubre de 2017 a diciembre de 2018, documentadas en el álbum y la grabación para Netflix de Springsteen On Broadway.

Cuando se pusieron a la venta los tickets, muchos justificaron lo exagerado de los precios —otro punto a favor de la teoría del fraude— por la posibilidad de ver a su ídolo en un espacio tan cercano y poco habitual. Pocos podrían imaginar que lo que iban a encontrarse, más que un concierto íntimo, era un Springsteen dispuesto a abrirse en canal y dejarse muy poco dentro.  Un espectáculo inusitado en una estrella de su talla a la que, a pesar de contar con incontables horas de escenario bajos sus pies, le faltan tablas en esta faceta de actor en la que en algunos momentos se le ve encorsetado a un guión o falto de naturalidad, aunque vaya ganando soltura según avanza el concierto.

Sirve esta grabación como perfecto complemento a su reciente autobiografía, Born to Run. Las referencias a sus padres son constantes en ambas y el homenaje a estas figuras subyace bajo todo el discurso. Hay algo incluso de reivindicación frente a su padre, como un colofón a toda su carrera en el que pareciera decirle “mira lo que al final ha conseguido el vástago que tanto te costó aceptar”. Fraude o no, está tan legitimado como nadie —o al menos más que Lennon, que lo vivió de lejos— para cantarle a esa vida de la que huía, la misma que terminó devorando a su padre.

Lo que nadie puede negar a Springsteen es que se reivindique como creador de un imaginario casi mítico alrededor de su New Jersey natal: como apunta, antes de que él llegara aquello era más bien como Jersekistan; decenas de canciones después, ¿qué seguidor de Springsteen no ha soñado con conducir por las calles de Asbury Park o tomarse una pinta en el Stone Pony Club? Ese territorio mítico se puebla de figuras reales como Walter Cichon y Bart Hanes, cuyas trágicas historias (músicos nativos del Jersey reclutados y muertos en Vietnam) sirven de introducción a un  ‘Born In the USA’ despojado de toda parafernalia, transformado en un oscuro blues aún más duro y descarnado que la interpretación de aquel ya lejano Live in New York City.

Es curioso que sean precisamente las canciones del disco más comercial de su carrera —‘My Hometown’, ‘Dancing in the Dark’ o la anteriormente mencionada ‘Born In The USA’— las que más ganen en este formato desnudo, haciendo verdad aquello de que una buena canción lo sigue siendo cuando la desnudas y defiendes sólo con una guitarra acústica.

El único acompañamiento que tiene a lo largo de la actuación es cuando da entrada a su mujer y controvertido miembro de pleno derecho de la E Street Band, Patti Scialfa. Con ella quizá no valga lo de amada y odiada a partes iguales, pero es justo reconocerle el haber servido de referencia y guía a Bruce en los últimos 30 años. Juntos rescatan de Tunnel of Love —el disco durante cuya gira nació su romance— ‘Tougher than the Rest’ y una interpretación de ‘Brilliant Disguise’ que roza la perfección… a pesar de ella.

Mención aparte para el momento surrealista en el que recita un Padrenuestro que no se sabe muy bien a cuento de qué pasa por allí. Es inevitable reflexionar por qué una de las voces más críticas de su generación no fustiga los pecados de la Iglesia Católica con la misma virulencia con la que reprende a Trump o George W. Bush. Situado como introducción a la canción que cierra el show, corre el riesgo de empañar momentos tan brillantes como el emocionado recuerdo a su eterno compañero Clarence Clemmons —“perderle fue como perder la lluvia”— durante ‘10th Avenue Freeze-Out’ o la interpretación fuera de micro de un ‘Promised Land’ en la que expone la fragilidad del ser humano tras la estrella.

Esta serie de actuaciones podrían haber servido perfectamente de broche de oro a la carrera de aquel chico que aspiraba a cantar como Roy Orbison, sonar como Phil Spector y escribir como Dylan. Cumplió las dos primeras hace tiempo, en mayor o menor medida, pero nunca ha estado tan cerca como ahora de hacerle la competencia al trovador de Minnesota como cronista de nuestra era.

Puede que todo haya sido un fraude, pero volveríamos a dejar que nos engañara mil veces más. No sabía conducir un coche, aunque presumiera de ello en sus canciones, pero sí supo conducir nuestros sueños.  Después de todo, ¿quién dudaría en montarse en su Cadillac con Wendy y Mary hacia la tierra prometida?

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